El laberinto mágico I y II, de Max Aub

La primera página de Campo cerrado, episodio 1 de El laberinto mágico (HBO Ibérico), de Max Aub, es como para mandar a la mierda a Max Aub. He dicho. A saber:

“De pronto se apagan las luces: las diez, la luna luce su presencia en las paredes jaharradas: el jalbegue se parte, mitad blanco, mitad gris. El silencio corre por las calles del poblado como un calofrío, de la cabeza a los pies, desde la plaza de Quintanar Alto, ya pegado al alcor. Primeros de septiembre y el aire frío bajando por el Ragudo; más arriba las estrellas, tachas del viento. // La plaza, por ocho días ruedo verdadero, apuntaladas las fachadas limpias de derrengaduras con escaleras y tablones; el casino adargando su última luz tras las talanqueras; en el centro, la fuentecilla barroca con su canto de agua de cuatro caños recobrando su calaña de abrevadero; la plaza, acabadas de tocar las diez ombligo del mundo.”

Eso de creer que un escritor es un lexicógrafo, y que la medida de calidad de la prosa la da la comparecencia en ella de palabras que nadie conoce (de uso infrecuente, vamos), viene siendo la perdición de muchos autores bisoños, de mucho tallerista y de mucho académico. Es esta cosa púber de pensar que porque una tía está buena va a chuparte la polla mejor que otras. ¡Error!

Léanse esto:

Sobre el mármol veteado de la mesilla de noche el reloj pulsera del hobachón. En una silla y en los cansados brazos de un sillón verdinoso, con oscuras flores desdibujadas por los sobeos y el tiempo, las ropas revueltas a como cae. El señorito y la ramera, como les parieron sus respectivas madres. La pindonga tiene los muslos adelgazados por su mitad, el vientre lacio y las ubres vencidas; las uñas de los pies, carmesíes, haciendo juego con las de las manos. Estas sostienen, cruzadas, el desmazalado pecho. La cara comida de viruelas, los ojos azules, hermosos, las greñas rubias, los hombros picudos. El zascandil collón la mira fijo en los ojos. Conoce su flaco, la churriana le tiene asco a todo lo pegajoso, a las viscosidades, al limazo. Sábelo el mocero, y árdenle los ojos. Acorralada en su sucucho la piruja, el perantón la espeta amorosamente los vocablos, búscale los labios y los oídos mientras ella procura defenderse de la repugnancia tapándose infelizmente la orejas.”

¡No me jodas, tron! Este español parece más antiguo que el de Cervantes. Bien es cierto que uno ha hecho el BUP en un colegio público, pero no podemos tener nosotros toda la culpa de que Campo cerrado, de primeras, dé tantas putas ganas de dejarlo.

Pero no lo dejé, dios sea loado, y sobreseí la evidente sobredosis de Mateo Alemán y Quevedo que aquejaba a Max Aub a sus 35 años.

Así, Campo cerrado es un episodio piloto prometedor, más en el fondo que en la forma (la novela se estructura a la buena de dios, como es costumbre en las letras hispanas desde que Cervantes perdió un burro: somos malísimos componiendo), que acaba enganchando como un The Wire guerracivilista.

Entonces agarro Campo abierto. Si Max escribió Campo cerrado en 4 meses de nada, en 1939, el episodio 2 de El laberinto mágico le llevó dos años mexicanos y es infinitamente mejor.

Curiosamente, Campo abierto apenas contiene “vocabulario infrecuente”, no sabe uno si porque a Aub se le olvidaron las palabras aquellas o porque vio claro que eso no era escribir; escribir era narrar y comunicar y emocionar, no epatar a los paletos (de BUP).

Campo abierto suma algunos episodios ya bélicos -Campo cerrado es pre-guerracivil-, apenas conectados por la reaparición de algunos personajes y por la pertenencia de todos ellos a un mismo fresco mural de esa España a hostias. Hay mucha documentación a pie de calle, mucho relato oído vuelto literatura, mucha verdad (esto es, muchos detalles).

Lo de Aub en Campo abierto es puro page-turner, que dirían en Nueva York. Se lee todo en un suspiro de la página sobre la página, imparablemente. Es muy bueno y pa qué entretenerse.

Lo estoy leyendo en la que considero mejor edición de la historia de España (en un poner): la de Ediciones Alfaguara/Bruguera de los años 70, violáceas y ortopédicas, encantadoras.

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Una respuesta a El laberinto mágico I y II, de Max Aub

  1. Hombre Juanito, y si no somos lexicógrafos en otras muchas cosas además de babosos, ¿qué hostias somos? ¿Putas de lujo al servicio de un proxeneta editorial? ¿Zorritas tetonas que ahora van de góticas en la SGM? ¿Gafapastas que le sacan fotos a las tostadas por la mañana y luego te las meten dobladas en los libros? No sé, macho, no soy mucho de los abuelitos-cebolletas del Franquismo, pero entre esto y lo de Chejov me has dejado un tanto paquidifuso. Me has recordado a las pijas inglesas cuando me decían en las Carmelitas: “Jo, Grobian, es que yo pensaba que si el Cerdo llamó Daedalus al grosopedos de Stephen era porque le hacía muchos dedos a las chicas de Dublin?”.

    Y si una cachonda no te la mama bien, le mandamos un WhatsApp al Cojuelo para que se las lleve por los tejados de Madrid para que aprendan lo que es bueno. Yo ya sé que eres más de ganguros tetonas, pero créeme como las cachondas, na’ de na’.

    Saludos.

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