Interrumpí a Sara un momento para decirle que iba a salir y regresaría en cosa de dos horas, y que me llamara si necesitaba algo. Me dijo que estaba bien, que saliera, que me haría bien, pero que no tardara demasiado; la besé y siguió hablando con los niños. Los muchachos.
Bajé a Houston y tomé el tren para Coney Islan. La oscuridad del túnel me pareció horrorosa; el vagón, horrible; la gente que entraba y salía me pareció horrible, y me concentré en mirar el piso, para no ver a nadie, hasta que pasó la hora o algo así…
La luz difícil, Tomás González, pág. 44
[punto de fuga registra el momento exacto en el que Juan Mal-herido deja un libro a la mitad]




Hay que guardarle cariño y agradecimiento a los libros que nos enseñaron que dejarlos por la mitad o incluso nada más empezar no era pecado sino algo altamente saludable. El mío fue “Las máscaras del héroe” del sin par Juan Manuel (pg. 80 o así). ¡Ay…nunca lo olvidaré!
Creo que nunca he dejado un libro a medias, pero Fresy Cool está produciendo nuevas y confusas sensaciones en mí: Me apetece dejarlo en cada página y al mismo tiempo me interesa continuar. No me disgusta. Pero me dan ganas de meterle fuego. Pero me gusta. En el fondo. Creo. Fuego.