Carta a La misántropa

Señorita con estudios:

He leído su Carta de una desconocida a Malherido y entiendo que su vida sexual peligra enormemente si no doy cumplida respuesta en un plazo razonable. Seguramente lleva usted varias semanas enteramente fuera de sí, con las manos caedizas y certeras entre los muslos y algunas campanadas de animalito dando la hora sonrojada en sus relojes humedecidos. Entiendo que la travesura privada es más que saludable, pero no abuse usted de su propia capacidad para el maratón erótico y consume cuanto antes su pequeño atentado subterráneo. No es nada grato ser leído en la creencia de que el lector, al mismo tiempo, anda en otras cosas, y tan imbatibles como esa de correrse.

Usted me apela desde un sitio llamado Calidoscopio.net. No es baladí aprovechar el párrafo para afear la deformación fonética a que han sometido ustedes nuestra amada palabra escolar CALEIDOSCOPIO en su prisa por registrar una URL que dé cobijo a sus furores intelectivos. Si bien es probable que nuestros terroristas de la Lengua acepten Calidoscopio en las filas del idioma, les hago saber que somos muchos los que aún sabemos cómo se pronuncian las palabras propias del castellano, y que somos muchos también los que apenas disimulamos un enorme desprecio por todo aquel que cree que una palabra se escribe cómo mejor le viene en gana, dando matarile por ejemplo a una vocal, la E en este caso, y monoptongando para quedar más pegadizos en el explorer. Miraron ustedes en su bautismo más hacia lo cálido de abreviar que hacia la bella imagen de la tradición.

Tanto o más trastabilleo me provoca en el paladar el nickname que usted ha elegido para soltar verbo. La misántropa. Entiendo que usted se cree muy especial, y que a veces, cuando decide estar medio minuto sin consultar Internet, cree odiar al género humano en todas las direcciones. Le advierto de que auto-apelarse como “misántropo” cae dentro de los más enrevesados delirios de grandeza, sobre todo teniendo en cuenta su condición femenina, que le exige (como puede verse en la propia comisión de su misiva) andar haciendo señales de humo a algún que otro mozo de interés una vez por semana. Yo a eso no lo llamo misantropía, señorita.

Finalmente, la invoco como “Señorita con estudios” porque su intensa carta da a entender que usted ha pasado por algunas aulas elevadas, y hasta apostaría a que su periplo estudiantil no tuvo bastante con el chungo diploma que cualquiera consigue en nuestros días, sino que siguió y perseveró y prosperó en despachos cada vez más atardecidos, junto a profesores con la corbata cada vez más aflojada, en ciudades apenas disimulables.

Si no ha hecho usted un máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada es que no conozco yo a las mujeres, no.

Porque las conozco sé que usted, febrilmente, ha leído a Perec, seguramente en francés un poco. No es difícil imaginarla leyendo dos veces, aunque en direcciones contrapuestas, el ambicioso palíndromo del autor coronado de ricitos, y disfrutando de esa lectura inversa más que de la lectura cabal del texto, por mor de encontrar un autor favorito del que haya leído más que nadie. Desde luego, es difícil superar en cantidad de lecturas a un autor que puede leerse también al revés. Se hubiera ahorrado usted la pirueta si en lugar de dar marcha atrás a un palíndromo se hubiera leído El extranjero con los pies por alto y, luego, de rodillas, y, luego, a cuatro patas, y, luego, haciendo el pino, y, luego, haciendo malabares con una mano con cuatro manzanas rojas; y luego de la forma más circense que su imaginación le hubiera procurado. Vería entonces cómo con El extranjero también se puede hacer el tonto, pero no se puede transformar en tontería.

Conozco a las señoritas con estudios como usted: se habrá dado cuenta. Perec os permite leer mientras os cortáis las uñas, deja un espacio para, siendo snobs, ser aún así femeninas, cosa del todo impracticable si se lee algo serio.

Todas las lectoras de Perec tienen las uñas perfectas.

De esas sus uñas niqueladas vienen otras reflexiones a tanto el kilo. Me felicita usted por algunos comentarios, por algunas apreciaciones críticas, momento en el que sale a relucir la auténtica intención de su carta, que no es otra que la de conseguir follar conmigo. No puedo dejar de alabarle el gusto, aunque, en realidad, que te guste un tío que mola tanto como yo tampoco tiene excesivo mérito. Veo más mérito en que se follase usted a Perec.

Pero a Perec usted, señorita con estudios, nunca se lo follaría. Perec es ese amigo medio marica, ese macho neutro, con el que tomar tés y cheese-cake los domingos por la tarde. Pagafantas es casi un palíndromo, no lo olvidemos. Al final de la semana una puede perder toda una tarde con gente que no te pone cachonda (escribo metiéndome en su cabeza), pero sólo si en días previos, los sábados, los martes, ha conseguido una citarse con un hombre de verdad, de esos que ya han venido jugados de casa, y no te sacan el parchís literario o el monopoly del amor. Te agitan otros cubiletes.

Muchas gracias por provocarme esta escritura, querida Señorita con estudios, misántropa de los andenes con reloj regresivo (-2 minutos de soledad), pero es hora ya de sellar el post y ensanchar el legado de mi deporte.

J.

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