Comentario detesto: Otoño en Madrid hacia 1950, de Juan Benet

“Cuando la vida de un individuo, muerto prematuramente en el momento en que más se podía esperar de él, colocado en una situación bien definida tras haber superado las indecisiones de la primera juventud y dueño de unas facultades tales como para abordar su futuro con plenas garantías de éxito, se retrotrae a ese momento a partir del cual inicia una trayectoria que inesperadamente conduce a su muerte, siempre es posible encontrar aquel accidente, en su día poco menos que intrascendente, que le impulsará a recorrer el último tramo de su vida –de manera casi rectilínea- y al que se suele atribuir todo el poder oculto del destino.”

Juan Benet, Otoño en Madrid hacia 1950, pag.140, abajo. DeBolsillo, septiembre de 2010.

¿Empezaste aquí? Quiero decir, el post. Quiero decir, a leer. ¡Lee la cita, coño! ¿No pués? Dios, qué bajura intelectual. ¡Lee la cita, coño!
¿Ya? Guay. Te cuento.
Juan Benet es un autor imprescindible (según sus amigos) que nadie lee con agrado (salvo esos sus amigos, los benetianos). Ser benetiano es una unidad de destino en la sintaxis. Y además puedes escribir panegíricos en El País cada tanto. También da caché y como que formas parte de un club inglés donde ingleses no hay, pero se parecen mucho en la manera de sentarse, los que están. Todo es inglés en Benet, y por eso en España no nos gusta.
Es obvio. No nos gusta Juan Benet porque a Juan Benet se le nota mucho, demasiado -en cada coma, en cada frase, en cada novela, en cada puta palabra que escribe- que le da asco que cualquiera lo pueda leer. La democracia de la lectura es algo que Benet no tolera. Que vaya yo y abra Otoño en Madrid hacia 1950 es lo que le da asco. No seleccionar a sus lectores; no dar llaves que abran sus libros solamente a las mentes más brillantes de cada generación. No invitar a sus novelas como se invita a una casa en Año Nuevo. No tener alrededor a todos aquellos que sabes que van a reírte los chistes. Es obvio.
La prosa de Benet destila estiramiento, jerarquía, desprecio, miramientos, asquito. Que un libro no sea un cuadro, ni mucho menos una catedral, sino una pequeña pieza multiplicable, que se vende por un par de billetes, que necesita venderse por miles de copias, estar en según qué casas y según qué manos, que luego te lo van a sacar en bolsillo, por favor…
Qué. Asquito. Le da.
Dicho esto, la frase.
 “Cuando la vida de un individuo, muerto prematuramente en el momento en que más se podía esperar de él, colocado en una situación bien definida tras haber superado las indecisiones de la primera juventud y dueño de unas facultades tales como para abordar su futuro con plenas garantías de éxito, se retrotrae a ese momento a partir del cual inicia una trayectoria que inesperadamente conduce a su muerte, siempre es posible encontrar aquel accidente, en su día poco menos que intrascendente, que le impulsará a recorrer el último tramo de su vida –de manera casi rectilínea- y al que se suele atribuir todo el poder oculto del destino.”
 ¿Cómo se retrotrae una vida? ¿Se retrotrae ella misma o un sujeto elidido, o el propio Juan Benet o unos señores?
 “…ese momento a partir del cual inicia una trayectoria que inesperadamente conduce a su muerte…”
¿Desde cuándo una trayectoria es inesperada?
 “…siempre es posible encontrar aquel accidente, en su día poco menos que intrascendente…”
Dado que Luis Martín-Santos (de quién habla) murió precisamente en un accidente de tráfico: ¿no está elegida la palabra con evidente desacierto: accidente? Quiere decirnos, quizá, que muerto alguien “inesperadamente” (normalmente no avisamos, es lo que tiene), siempre puede narrativizarse su existencia hasta el punto de decretar que, ese día que se quedó el ahora finado mirando un canario en una jaula o que tropezó con el cochecito del niño, se fraguó su destino trágico. Oh.
“…que le impulsará (al individuo) a recorrer el último tramo de su vida –de manera casi rectilínea- y al que (el accidente) se suele atribuir todo el poder oculto del destino…”

¿Y? Escribamos para la plebe:

“Luis Martín Santos murió en el momento en que más se podía esperar de él. Estaba en una situación bien definida, tras haber superado las indecisiones de la primera juventud. Era dueño de una facultades tales que podía abordar el futuro con plenas garantías. Si consideramos su vida toda, encontraremos un momento que nos conduce fatalmente a su muerte. Y ese momento, que a buen seguro, fue intrascendente, albergaba todo el poder oculto del destino.”

¿Y? Bienvenidos a la sintaxis amplificadora.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.