Los muertos, de Jorge Carrión

Es simple: si en este blog pongo a parir la novela de una autor español vivo soy un hijo de puta; si lo pongo por las nubes, soy un chupapollas interesado. Así que tenemos un problema, porque Los muertos, de Jorge Carrión, me ha gustado mucho.

Lector airado: ¡Chupapollas! Qué vergüenza, qué asco, qué mamoneo. Siempre con el autombombo mutuo. ¿Qué, esto a cambio de una reseña en ABCD, de una inclusión en una antología de cuentos, de un contacto que te dé acceso a las grandes editoriales, desgraciado?

¿No os lo he dicho? Pero, en realidad, el libro Los muertos, de Jorge Carrión, es una puta mierda.

Lector airado: ¡Hijo de puta! Que vergüenza, qué asco, qué sevicia. Siempre acuchillando a autores que te hacen sombra, poniendo palos en ruedas, demostrando lo emponzoñado de tu envidia, la inquina que tienes a cualquiera que publica con más visibilidad que tú, pobre desgraciado.

¿No os lo he dicho?

Empezar bautizando una novela con un título que ya cuenta con su leyenda, es muy mala idea. Los muertos, el cuento más famoso de James Joyce, hecho película posteriormente, y no mala, por John Houston. Realmente no sé qué tiene alguien en la cabeza cuando decide llamar a su hijo Felipe González, Marta Sánchez o Tom Cruz. ¿Tienen en la cabeza que nadie tiene en la cabeza esos nombres famosos, Los muertos, Ruido de fondo, La Ilíada, que somos todos iletrados, o tienen en la cabeza el delirio de que su hijo, su libro, acabará expropiando en la cabeza de los demás el primer cajón en el podio de la referencia?

Esto, la verdad, no lo entiendo.

Los muertos, de Jorge Carrión, principia peliculero y peliculero sigue hasta la página 69, donde se nos desvela lo que todos sabemos por la campaña de márketing (que es una serie de televisión) y también quiénes son esos “muertos” (esto es necesario no decirlo, por una vez, por preservar la sorpresa en la lectura ajena).

Pero metámonos con Mondadori. Pregunto: ¿hay alguien en esa conspicua editorial que haya estudiado filología hispánica? Si no lo hay, ¿les puedo recomendar a mi prima (de 11 años)? Tanto mi prima (de 11 años) como yo no sólo la chupamos bien (qué más querrán en Mondadori) sino que fuimos a la escuela de pequeños y sabemos un poquito de castellano. Digo esto por la cantidad excesiva de impropiedades idiomáticas que encontramos en Los muertos, ya desde su cuarta de cubierta, donde se escribe (se termina escribiendo): “Los muertos reivindica sobre todo el placer de la escritura y de la lectura literaria arriesgada, innovadora, radical“. Notemos, plis, que el sujeto es de número gramatical plural (“la escritura y la lectura”) por lo que la frase es en sí misma inviable; pues sería: “…reinvidica sobre todo el placer de la escritura y de la lectura literarias arriesgadas, innovadoras, radicales”. Lo que debería modificarse hasta un: “…reinvindica sobre todo el placer de la escritura y de la lectura literarias, con riesgo, innovación y radicalidad”. (Propone uno, para próximas ediciones.)

Luego leyendo (invocamos a Ricardo Senabre) nos encontramos pedruscos como estos: “sus retinas vibran” (?; la retina ni siquiera se ve, porque está detrás del ojo); “el parpadeo veloz de las retinas” (ídem); “exquisitamente atildado” (?); “una calle sin nadie” (?); “saltan briznas de corteza” (?)… o que en diez páginas se utilice tres veces el adjetivo “extremo”, en el primer caso en su forma adverbial. (Añadido posterior: y en toda la novela se utiliza como siete veces el verbo “reseguir“.)

Pero es que esto, en contra de lo que dicen los mismos mondadoris, no es una escritura “literaria” sino una escritura audiovisual. Una escritura literaria es Pablo Gutiérrez, cuya novela Nada es crucial es sitúa exactamente en el extremo (sic) opuesto a Los muertos, de Jorge Carrión.

Pero las dos nos gustan. La de Pablo, fue dicho. La de Jorge, viene ahora.

Carrión concentra en las primeras 69 páginas de su novela una inmensa cantidad de información: están todo el rato pasando cosas, bajo patrones de receptividad traídos de las series de televisión, donde saben que cada quince minutos hay que enseñar una teta, romper un brazo o hacer volar por los aires a alguna monja. La aspereza de la escritura, su parquedad expresiva, su todo al rojo de la información, molesta bastante a los sumillers de la lectura (yo), pero sólo 10 páginas, porque la potencia de lo narrado, y la intuición de que hay algo que no estamos pillando de momento, invita gratamente a seguir pasando páginas.

Es muy interesante cómo organiza el autor los primeros 8 capítulos de su libro (que son otros tantos capítulos de serie de televisión): cada párrafo es una escena: no hay estrellitas ni espacio en blanco ni numerito que señale el cambio de escenario y personajes: simplememente, un nuevo párrafo. Esto consigue efectivamente que uno lea esas 69 páginas como si viera una serie de TV, es decir, entendiendo su “montaje“.

Luego viene una segunda parte, que es un escolio de señorita con estudios sobre la serie Los muertos. Esto está mucho mejor escrito y es porque escribir para explicar (miren mi blog) es mucho más fácil que escribir para narrar (miren otras cosas). En este punto, uno puede invocar Pálido fuego, de Nabokov, como posible referente estructural de Los muertos.

Después viene la segunda (y última) temporada de Los muertos, que voy a leer en este mismo instante.

Pues ya. He pensado que si Enrique Vila-Matas es un lector que escribe, el autor de Los muertos es un espectador que escribe, y ahí está el quid de toda esta propuesta literaria tan a-literaria, y su interés. Lo nuclear en Los muertos, a pesar de ese final intelectualmente ambicioso que busca comulgar con Steiner (“literatura post-traumática”, anda anda…) es cómo una sociedad, y particularmente una juventud (la actual) que ha visto más historias de las que ha leído, es capaz de “mantener viva” (Vila-Matas, dixit) la literatura tomando como referentes unos materiales no estrictamente verbales, y los verbales pura mierda (escritura periodística: ver Carlo Padial, Miqui Otero, et alia), y hablar al lector como si fuera un espectador que aún así echa de menos (inconscientemente) la profundidad incomparable de la que puede presumir la literatura, y que el audiovisual no puede darle nunca. De ahí, la pertinencia de esas dos auto-explicaciones en esta novela; de ahí, también, la osadía (ahora lo entiende uno) de titular Los muertos, dado que es obvio que el lector-espectador no tiene ni puta idea de quién es Joyce.

Está muy bien este libro.

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