Estar enfermo y Poetry is not dead, de Luna Miguel

Luna Miguel lleva un par de años poniéndonos cachondos con el mordiente de sus fotos y el pico de sus bragas, susurrándonos pederastia desde todos los veneros virtuales, confirmando la conspiración de la juventud, que tiene en sus manos las armas precisas de la piel, el futuro y la tecnología. Ahora ha escrito unos poemas.

Ahora y antes, ha escrito unos poemas.

Entre ahora y antes, han escrito unos dicterios, unos señores, unos nicks, unas amigas disfrazadas han escrito esos dicterios (insultos, vulgata) en foros y blogs, en conversaciones, en mails, en largos cuestionamientos de la fama inmediata de una chica que, mientras todos leíamos y laborábamos, nos ha quitado poco a poco las parcelitas de papel, las menciones en los medios.

¿Qué no se ha dicho malo de Luna Miguel? Sabemos de ella más de lo que merecemos; hemos visto más vestidos suyos de los que podemos desabrocharle; su novio, bien; sus tatuajes, timbre eterno; su nombre, golosina de la ele; estamos tan hasta los cojones de Luna Miguel que hemos tenido que leerla.

En la encuesta (aclaración para el mañana: propusimos 6 obras para que se votara de cuál querían los lectores de este blog que escribiéramos) ganó ella fácilmente, porque el odio vota con más prisa que el amor, y hay muchos lectores que quieren ver el cuchillo del malherido haciendo saltar los tatuajes de la niña, como cromos despegados del álbum mientras su dueño se come la merienda y ve la tele.

Bah. Nos han hecho el trabajo sucio.

Hablemos de poesía.

Uno de los fenómenos más subnormales de la poesía es que las mujeres sólo la escriben mientras están buenas. No hay poetas (poetisas) de 50 años. A nadie le importa tres cojones el poema de la vieja; a lo mejor es que la vieja ya no escribe poemas, sino la cartelería del festival, el memo del evento, las invitaciones para alguna fiesta de la cultura. En cualquier caso, cualquier niña de 20 con tirabuzones se consigue el padrinato de (a su vez) los viejos de la poesía, dado que la poesía es esa miseria millonaria que gestionan cuatro señores aburridos, tan de aburridos que cuando les llega el perfume de la jovencita se caen del escaño y le dan algún premio, símil confuso de un besito.

Las poetisas (poetas) en lo suyo ahora meten mucho mete-mete, y es complicado encontrar un cincuentón al mando que no aplauda cuando lee: “me pongo a cuatro patas”, “jódeme“, “de estar buena estoy cansada” o “me gusta chupar pollas”, extractos inventados que nadie en su sano juicio considera no-poesía cuando echa un ojo a la foto de la lirófora y a la edad en la que nos fue dada.

Mucho uf, aquí.

De modo que pasemos de la edad de Luna Miguel, de su boca de fresa punk, de los contornos de la envidia y el color sangrante en la cutícula: a ver esos libros.

Estar enfermo y Poetry is not dead son esos libros. La autora ni rima ni mide, pero pone los poemas en verso dándole al intro cada tanto. De leer Poetry is not dead un par de veces me queda una sobra de tiempo, dado que los poemarios se leen en 7 minutos y luego uno no sabe qué hacer con el resto de la lectura inaugurada: leer poemarios es como fácil, o qué.

El choque de Estar enfermo contra Poetry is not dead, y viceversa, resulta iluminador. Estar enfermo (siendo poesía, o sea, apenas nada) me se quedó en la cabeza como nervio inocente y firme, olvidablemente honesto. Se nota, por ello, un anhelo de salto en Poetry is not dead, que es más largo, tiene más cachos, y a veces los versos rebasan el ancho de la página. Eso es ambición.

Mientras Estar enfermo va de A a Z, en arroyo delgadísimo y previsible, esto es, como escritura determinada (un destino) Poetry is not dead se pierde en las fluvialidades de la vida, y tanto sale ella, la autora, como sus lecturas, como su amor, como sus noches; como sus discos de vinilo.

Demasiadas dianas a las que acertar con una sola flecha.

Le sobra, ahí, autocomplacencia, porque al lector (incluso de esa nada llamada poesía) no le importa mucho tu rollo, sino la estética de tu rollo. No le importa tu amor, sino la estética del amor. Tampoco le importa mucho lo guapo que sea Carlos Pardo, la verdad.

Autocomplacencia y politema (esto segundo da en un poemario demasiado estructurado) son las esquirlas del libro, mucho menos terso que Estar enfermo, que siendo tan sutil era sin embargo más exacto. Pero Poetry is not dead también tiene sus cosas.

Sus cosas (buenas) son el sentido del ritmo en la escritura, la sorpresa de un nulo exhibicionismo para con los viejos de la poesía (apenas asoma la zorra aquí) y el vínculo soterrado que hermana este volumen con la inmensidad de Vicente Aleixandre, con su poema Se querían, puntualmente so-citado en varias páginas.

Se escribe bien aquí, pero se centrifuga demasiado.

Luego hay, para acabar, un fenómeno casi exclusivo de su tiempo (el lunar) y de su ser (la exhibición). Hablo de escribir después de haber sido leído, de proponer poemas cuando todo el mundo ya ha dado su opinión sobre tu poesía, de completar el círculo de la fama literaria con la obra, que es apenas un arco de milímetro dentro del gran redondel de una presencia: la de Luna en todas partes.

LM es una poeta que ni siquiera hace falta que lo demuestre, lo que es sin duda una gran putada. Hablo de la escritura malbaratada por la lectura y la exposición, de perderse en la propia marca y en la alimentación de dicha marca, de estar todo el tiempo diciendo que se escribe, o sea sé, no escribiendo aún, no escribiendo más, no entrando en la habitación propia con ganas de quedarse un buen rato.

A lo mejor dentro de 30 años todos escribimos mejor; a lo mejor la vieja de 50 años sí que sabe de poesía; a lo mejor ser joven sólo sirve para proclamarlo.

Y de proclamarlo van estos libros, tan inconscientes como suicidas.

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