Pistola y cuchillo, de Montero Glez

Como un hijo de puta de puntillas pasa Montero Glez por los perfiles de la leyenda: Camarón.

El autor arrancó a publicar, que me acuerdo, con desplantes de maldito arrimado al Sur, donde había putas más pintonas y algunos delitos que contar. Eran novelas con estética de tugurio y prosa de macho lírico, que había leído a Umbral y a Valle y a Quevedo; y a los demás decía que los habia leído, pues falta ya no le hacía. Él trianguló su literatura con un vértice en el barroco, otro en la golfemia (bohemia del hambre, 1900) y un último en las bufandas de colores. A todo esto, Montero Glez alborotó su boquita con purito para hacerse algunos enemigos, que me acuerdo, poderosos y displicentes, de esos que no te hacen caso mientras te vas construyendo un nombre a costa de cagar en los parterres del palacio; enemigos que no son enemigos sino medallas evanescentes: Herralde, que me acuerdo, David Trueba, que me acuerdo, Raquel de la Concha, que me acuerdo. Todos agraviados sin mácula, porque cuando somos peques podemos vomitar en las poncheras (si lo sabré yo: ¿veis a Javier Marías repelerme, a Reverte conminarme, a Kirmen Uribe condenarme? No. Pueden pasar de mí mientras me envanezco: ridículo.)

Nuestro chulito (hay cariño, amor) nos dejó su Sed de champán, su Cuando la noche obliga, sus mantecas y sus besos, todo sucios y, aquéllas, revenías, hasta dar un paso en falso novelando a un rey (lo rondaba) al que no mataron los golfos porque en España no hay puntería política; ni cojones. Le dieron un premio por esa pólvora, mojada.

Lo de Montero Glez es esa chulería que comienza en un nombre de presidente abreviado y acaba en las columnas de Pérez Reverte, muy valedor suyo a pesar de que a Umbral lo ninguneaba; y a pesar de que Montero Glez no existiría sin Umbral. De estas contradicciones en el núcleo del gusto se podría hacer una tesis desesperante: A gusta de B que gusta de C, del que no gusta A. ¿Por? Sencillo: porque A y C anhelan la misma casilla en los libros por venir de la Historia de la Literatura Española. Por esa minucia nos odiamos.

El caso. Pues Pistola y cuchillo, vuelta de Glez al arrabal (mejor un gitano que un monarca, no me jodas), me la leí de una sentada. No porque me gustara. No porque fuera corta. La leí de un tirón porque la Fnac cierra, y volver al día siguiente a terminarla me daba miedo, que podía acabar comprándome un disco: anda y da un concierto, mamón.

La novela de cuchillo del chulillo de Glez nos viene muy rebajada en su sangre, muy respetuosa en los adjetivos, algo hagiográfica. No le da cera a Camarón, para entendernos. Este atenuar los golpes, digo yo, ha tenido como consecuencia una espiritualización del estilo, que pierde fisicidad y porquería y sucumbre (son dos páginas, no asustarse) en la nostalgia y el sentimientito, categorías literarias que aquí aborrecemos hasta vomitar.

Pero el resto (si tuviera el libro a mano os marcaba dos páginas extraordinarias, lo mejor del texto, donde retrata el madrid de taberna y bar y barrendero), el resto es agradable, fluvial, más jazz que flamenco.

Eso sí: Montero Glez no ha releído la información de su novela; ha releído la música; y por eso hay en la novela dos o tres momentos en que cuenta lo mismo (el odio de Caracol por Camarón, la venida a Madrid), errores demasiado visibles como para no cortar alguna cabeza en su editorial, que no sé cuál es.

Fin de la reseña.

(Comentario privado: es curioso cómo instalar un estilo es instalar un carácter. Lo del gitano del libro me daba para muchos chistes escabrosos sobre que les den por el culo a los gitanos, pero el tempo de la sintaxis me ha achicado espacios, con las ganas que tenía yo de meterme con los gitanos, me ha expulsado el humor porque el humor no cabe en un ritmo tan remarcado, ni en un léxico madriles y antiguo; al menos no el humor que nos da el castellano periodístico. Pensar más luego de masturbarme.)

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