El eco de la memoria, de Richard Powers

Alrededor de los cincuenta años había cruzado el umbral tras el que cada persona nueva a la que conocía le recordaba a otra.

No tengo ni puta idea de quién es Richard Powers. No he visto a nadie leer El eco de la memoria. No he visto El eco de la memoria en ninguna lista de mejores libros del año. La portada es fea y ni siquiera me gusta el título. Esos son los motivos por los que voy a hablar de este libro.

Hablemos de elección. Elegir un libro, elegir una soga, elegir una polla, elegir un puto hotel en la costa, pero ¿en qué costa? Todo lo que elijo está ya elegido para ser elegido. Como soy un hijo de puta hago feliz a personas que no se lo merecen; a zorras que no se lo merecen; a hoteles que no se lo merecen en costas que no se lo merecen. Practico el azar en la zona oscura, no el azar caprichoso, no el azar empático, no el azar instintivo; un azar geométrico, forzado, antinatural; el azar del aburrimiento.

He leído este libro como podía haber leído cualquier otro libro que no me interesa. 

Si te atropella un coche, que sepas que lo conducía yo.

Ese es el rollo: accidente.

Por accidente, Richard. Su libro es un novelón de 600 las páginas casi. Un tipo se pone boca abajo en la carretera con su camioneta encima y entra en coma: sinopsis. Despierta y padece un síndrome de esos que dan risa: cree que su hermana no es su hermana: sinopsis. La hermana sabe que lo es y busca a un experto que la ayude: más sinopsis. Durante 600 páginas se trata de curar al tipo y de averiguar qué pasó realmente la noche del siniestro: sinopsis. Salen muchas grullas. Fin.

Entretiene mucho esta novela. Los escritores españoles no parecen haber aprendido aún que sus novelas potentes dejadas por todos a la mitad ganarían bastante si emplearan estas técnicas americanas: promete un premio al final de la lectura, una sala vip, un track oculto, una copa a cuenta de la casa. No, no lo entienden.

Powers nos tiene 450 páginas muy atentitos con eso de que algo (un ángel, se dice) ha ayudado a no morir al tipo accidentado; luego me cansé de esperar a ese puto ángel y pasé 200 páginas a matacaballo. Fin.

La novela parece parodiar la figura del fácilmente parodiable Oliver Sacks. Salen muchas gilipolleces mentales. Gente que ve sólo el lado izquierdo de las cosas. Gente que ve la vida en foto fija. Gilipolleces.

La novela parece sólida al principio, entre Phillip Roth y un Don Delillo de almanaque; luego, penita, se le ve toda la costura de bestseller. La solidez viene, como siempre en los USA, de proponer una información en cada frase, de sumar páginas con mucha biografía, de elegir un par o tres de profesiones menestrales, estudiarlas, y sacarlas en otro montón de páginas (motores, grullas, campos labrantíos). Lo bestseller viene cuando uno empieza a ver, pag. 300, a Nicole Kidman en la tinta, buscando un oscar o uno de atrezzo que se la folle. La novela tiene miedo de sus propias perspectivas; mejor un final feliz.

Y le dieron un premio, claro.

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