Poesía completa, de Alejandra Pizarnik

Los poetas, de que mueren o se cansan, sacan libros un poco más gordos de lo normal, con toda la tontería de sus tardes reunida bajo un título meridiano: Poesía completa.

La poesía completa te da al poeta acumulado, contradictorio y evolutivo. Te da, también, un ratito de lectura más largo de lo habitual, que es de 7 minutos justos por poemario (8 si el poemario viene con celofán). Esto permite tomarse la poesía un poco más en serio. No mucho, pero sí un poco.
Pizarnik, a ver, es esa poeta con fotogenie que gusta mucho a las niñas, a las que quieren ser poetas y, también, a las que quieren ser Pizarnik. La diferencia entre querer ser poeta y querer ser Pizarnik es que ser Pizarnik es mucho más fácil: basta un buen peluquero; y una buena soga.

Pizarnik se mató (no con soga, claro) a los 36.

El pelo se lo cortó varias veces.

La tierra más ajena y Un signo en tu sombra son esa poesía arrugada (Neruda) que imita en su inentiligibilidad el Trilce de César Vallejo y no nos han gustado apenas. Imitar el enigma es fácil. Luego vienen La última inocencia, Las aventuras perdidas y Árbol de Diana. Ahí está la voz de Pizarnik, o una voz específica al menos, que gesticula angustias y es exacta y nerviosa y corporal. “Cuando vea los ojos/ que tengo en los míos tatuados”.
Es sufridita, Alejandra. Practica un existencialismo que casi nunca se propone femenino, y es admirable no encontrar un solo verso en el que se piense sobre el hecho de ser mujer. Pizarnik supo pronto que había cosas más importantes sobre las que pensar.

Ser. Sin más.

“Yo no sé de pájaros,

no conozco la historia del fuego.

Pero creo que mi soledad debería tener alas.”

No lo negamos.

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