Nueve lunas, de Gabriela Wiener

Hay momentos en que uno debe tomarse más en serio la vida que la literatura.

Si bien es obvio que casi ninguna mujer puede esquivar el gran abismo de la maternidad, no lo es tanto que ninguna mujer puede esquivar el gran discurso de la maternidad. Gabriela Wiener, además, ha hecho un libro.

Las embarazadas son un género literario de sí mismas, y, como en todos los géneros literarios, siguen fielmente el cliché al que se adscriben. Hablan de la primera ecografía, hablan del futuro sexo del bebé, hablan de la segunda ecografía, hablan del futuro nombre del bebé, hablan de la tercera ecografía… y hablan de la comadrona.

El embarazo es el reverso de la novela negra, con la comadrona como principal sospechoso.

La comadrona no mató a nadie, al final. Era fea, pero inocente. El asesino, claro, es quien menos te lo esperas. ¡La vida!

Normalmente, de estas novelas maternales, hay segunda parte, con los mismos protagonistas y una vida nueva matando.

Hasta aquí, lo consabido y soporífero. Las embarazadas son como esos escritores que creen haber inventado la literatura, cuando la literatura ya no se puede inventar, que la registró una serpiente.

Gabriela Wiener maquilla el discurso coñazo de la embarazada mediante la mezcla de predictors y consoladores. Junto a sus libros de bondage y cosas raras del follar, ha ido amontonando libros de buena crianza y cuarentenas, y cedés de Mozart para niños y la gama de colores de los patucos. Esta negligencia biblioteconómica parece ser el quid del libro, su distintivo, lo que le hace elevarse por encima de la predecible cursilería maternal que nadie en su sano juicio querría, además de oír, tener que leer.

Y no te digo ya pagar: 15,90 euros.

Pero no es así. Lo que empuja este libro testimonial a las provincias de la literatura, y lo aleja del reino de lo rumiado, es una sola letra.

Un solo trazo.

Un solo caracter dentro de los 500.000 que componen Nueve lunas.

Porque si Gabriela Wiener firma como Gabriela Wiener y ve gestar a Gabriela Wiener y cita, con nombre y apellidos, a todos los que rodean a Gabriela Wiener y hasta da el nombre de uno que pasa, uno que fue, uno que estuvo, y hasta dedica una sección a consignar nada menos que la génesis del nombre de una vida (el hijo), y nos da también ese nombre, no se permite, sin embargo, nombrar a su compañero, al padre, más allá de la primera letra de su nombre de pila, esa letra que, solitaria y ganchuda y en caída libre de tinta por un tobogán, puntea página tras página el relato donde todos tienen un nombre, pero él no.

Él es una letra.

Y esa letra nos habla tanto de pudor como de personaje, nos sugiere tanto la decisión de esconder lo íntimo como de liberarlo, nos recuerda que la honestidad en la escritura es a veces el deseo de expulsarlo todo para ver qué queda cuando no queda nada, o casi nada, porque lo que queda, esa letra asomada, esas letras que la completan pero no se escriben, son el misterio que el autor, la autora, en este caso, quiere permitirse comprender a solas, quiere tolerarse mirar a solas, porque constituyen la única escritura que no se comparte, su talismán.

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