Pequeñas resistencias 5, de Andrés Neuman (ed.)

Neuman va y reúne a los mejores cuentistas de España, a 40, con obra publicada en la última década. La selección nacional se concentra en el hotel Pequeñas resistencias (5 estrellas) y allí acudo a pecho descubierto y sin becarias para determinar de una puta vez si el cuento en España merece vestir la camiseta de la literatura y de la eternidad o merece seguir jugando en la división de los estadios vacíos.

El cuento, como sabemos, no tiene público, no hay culos en las gradas, sólo las gradas desiertas del silencio y la ola imaginaria del silencio y un árbitro (Neuman, Valls, etc.) que no se atreve a sacar tarjetas rojas, a pitar penaltis, sino sólo a celebrar los goles facilitos que se dejan meter unos a otros para creer que son Messi, Pelé, Borges, Butragueño.

Prologa la gavilla Eloy Tizón, cuyo Velocidad de los jardines (1992) es elegido por los 40 cuentistas como el mejor de lo suyo publicado en España en los últimos 20 años.

Lo malo es que también lo va a ser de los próximos 20 años.

Luego del prólogo, el amo de las llaves, Andrés Neuman, nos explica cómo se las ha apañado para hacerse 260 enemigos con un solo libro: eran 300 los nombres que barajaba el aflamencado argentino para este volumen. Su exposición, notablemente seriota, toca varios temas y lima varias anfractuosidades, pero viene a concluir, fatalmente, algo impropio de este tiempo nuestro de lasitud teórica y todo gratis: lo sentimos, pero hay géneros.

Ya sé que jode.

Hay géneros. El cuento es un género y este libro de cuentos, probablemente a su pesar, lo determina: 20 páginas, unidad narrativa, independencia estructural, historia estanca.

Pequeñas resistencias 5, como proyecto (costea el buque Páginas de Espuma) tiene una virtud y un defecto (en realidad puridad, un peligro): dado que la realidad del cuento es poco menos que inasible, resulta facilitador que alguien construya un aleph del relato español que permita, en un par de horas o tres, hacerse una idea táctil de cómo pinta la cosa. El peligro es muy obvio: si este libro no gusta, nos cargamos el chiringuito.

A mí no me ha gustado. Apenas.

Si bien hay cuentos/autores impecables, junto a otros cuentos/autores pavorosamente indigestos, la sensación total del volumen es la de que todo ese discurso del cambio, el transgénero, la libertad, la postmodernidad, queda reducido a cenizas ante la evidencia tradicionaloide del 95% de los textos. No es alentador que el único relato mínimamente llamativo, en términos sobre todo formales, sea el que se incluye de Vicente Luis Mora, efectiva historia peliculera que, en su simpleza y superficialidad, parece al menos escrito en contra de una herencia. Lo mismo, pero respecto al material narrativo, puede decirse de Cul de sac, de Mercedes Cebrián.

Porque casi todo aquí es Cortázar mejor o peor hecho, Carver mejor o peor hecho, Borges mejor o peor hecho, el cuento de la princesa peor o peorcísimamente hecho.

Algunos escriben francamente mal. Sobre todo algunas. “Estatuas detenidas” (!), “Se desplomaba vencida” (!), “Temblábamos ateridos” (!)

El cuento de Daniel Gascón me ha irritado particularmente: estar dedicado a Enrique Vila-Matas parece el único valor de la pieza, tan autocomplaciente y colegialmente redactada como sólo puede estarlo una escena de comedia española de los años 90.

En el cuento de Cristina Cerrada (que está bien) se cambia el nombre del primo (Ezequiel) en la segunda página (por Moisés) y no es un homenaje a España, de Manuel Vilas; no. ¡Así cómo vamos a escribir Guerra y Paz, si no nos acordamos del nombre de nuestros propios personajes!

He dejado a la mitad: 15 cuentos.

He leído enteros: 25 cuentos.

He ido poniendo notas, son estas:7, 7, 6, 6, 6, 5, 7, 4, 3, 5, 7, 7, 8, 7, 6, 7, 4, 3, 8, 5, 5, 7, 6, 7, 6.

Los mejores cuentos son: Últimas palabras a mi padre, de Víctor García Antón y Braceros, oficiales de primera y amas de casa, de Juan Carlos Márquez.

Siendo mi criterio el de un hijodeputa, siendo que a mí qué más me da, siendo que algún cuentista ya me está esperando con la coca adulterada de regalo, no creo errar demasiado, fríamente, si anoto que el cuento español del siglo XXI (por lo visto en este volumen, y estoy seguro de que no habrá otros mejores) tiene un problema inmenso: no hay voz.

La voz del cuento español del siglo XXI, simplemente, no existe.

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