G80-Teatro, Hilo debajo del agua, de María Folguera

Sobre exactamente el coño y sus alrededores fabula este drama en ningún acto, ningún lugar, ningún tiempo y ningún hombre.

“…me han llenado de semen y ahora que corro y quiero vaciarme de todo, me vacío también de ellos.”


Imagen de una representación de la obra.

María Folguera (1984) postula aquí ese feminismo en passant propio del talento que ataca primero el círculo cercano para, luego, conquistar el mundo. Hay muchas muchachas mediocres y señoras reguleras que se quedan ahí toda la vida, dando vueltas al té del tópico con su cucharilla semi-analfabeta.

Contemplen mi machismo: cuando una mujer escribe mal, digo que escribe mal; cuando escribe bien, digo que escribe bien. Contemplen mi machismo.

María Folguera, lo hemos apuntado hace años, escribe muy bien, lo cual significa simplemente que tiene “sentido del idioma“, o sea, que cuando junta las palabras las coloca, no las arroja. Su precedente editorial era una novela de adoles en el agro jugando a juzgarse y a ver si se hacían daño. Como Pablo Fidalgo, el teatro cameló sus tardes y ahora hay que buscar sus textos en los bajos del negocio, en librerías lejanas o en escenarios de la calle San Vicente Ferrer. Una mierda.

Una mierda porque ya apuntamos aquí cómo todas las tontas tienen sus libros en El Corte Inglés.

El drama de Hilo debajo del agua va sobre “la fístula obstétrica”. Sí, un temazo. No va sobre “violencia de género”, sino sobre “la fístula obstétrica”. Para dummies decir enseguida que “violencia de género” y “fístula obstétrica” vienen a ser lo mismo, sólo que “violencia de género” vende más y no tienes que documentarte, que ya te han dado la razón todos los periódicos.

Por supuesto, para hundir más la accesibilidad de este texto, Folguera lo sitúa en la nada, en un bosque, en la nada, un hospital, donde no hay móviles ni hombres, pero sobre todo no hay referencialidad, y eso hace que uno, una, tenga que andar pensando sobre lo que lee, algo absolutamente demencial en lecturas sobre “violencia de género”, que no te piden que pienses, sino que, nuevamente, les des la razón no vayas a ser tan machista como el lector mal-herido.

Tres mujeres sin nombre protagonizan la fábula, que va de lo orgánico y del cuerpo, el femenino en este caso, de los hostigamientos posibles y constatados que sufre la carne y de su consecuencia psíquica más compleja: vamos, no va de comer helado en la cocina mientras lloras.

Cuando María Folguera lo rompa, recuerden siempre que yo les hablé de ella, payasos.

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