Insurgencias Volumen Dos, de Antonio Hernández; G80-Poesía: Ascensores, de Alberto Guirao

Antonio Hernández es un señor que se vino de provincias para vivir en un premio, el Adonáis que ganó con su inaugural y precoz El mar es una tarde con campanas. Ya quedan pocos poemarios con títulos tan de poemario, y se estila mucho ahora confusionar a los lectores con versos reunidos que parecen, por su título, folleto de menestralía. Ascensores, de Alberto Guirao, va por ahí.

Calambur, unos que editan, han sacado por mitades la obra completa de Antonio Hernández. Yo me he leído la segunda mitad porque soy regresivo, y porque me ha dado la puta gana. De AH ya conocía Sagrada forma, un libro con trenes que ganó el premio de poemarios con trenes que convoca, como es obvio, una cosa de los trenes (Fundación de Ferrocarriles Españoles). Que los poetas se avengan, y los cuentistas (pues también premian cuentos con trenes), a subir sus versos a un tren porque lo dice un concurso ya nos habla de la honesta inspiración de la que emanan sus creaciones, tan incomprendidas y en clase turista.

Curiosamente es un poemario muy bueno. También lo es, dentro de esta mitad completa, A palo seco (2007), último título de la obra del bardo gaditano, donde dice que es rico e infeliz, pero sobre todo infeliz.

Un libro estupendo, como reseñarán los que saben.

Yo aquí vine a criticar malsín de mí.

Pues hay que apuntar que los poemarios que no he destacado destacan a su vez por algo muy cochambroso: la patria. AH canturrea endecasílabos a España, a Andalucía, a Cádiz y a Arcos: su pueblo. Cuanto más se reduce el marco geográfico más se nos encogen los genitales. Quiere decirse que escribir sobre tu pueblo está muy si te salen bandos, pero si vas hacia el poema queda todo como de provincia que mira al mundo pensando que hay que poner más autobuses y algún AVE (tren poético) para que vengan todos a conocer nuestros quesos y los atardeceres inenarrables desde el campanario.

Esto es todo rancio y patético.

Pienso, ahora que pienso poesías, que los poetas tienen dos manos para crear (joder, sí; ¡joder!): una es la mano del estilo y otra la mano del asunto. Parece lo mismo que el novelista, pero no. El poeta con estilo, como AH, puede quedarse en nada si se aplica a escribir sobre las campanas de su aldea, y el poeta que trae a la página temas propios, discursos inéditos, por muy mal que los trate, siempre parecerá, cuando menos, nuevo y necesario.

Demasiadas metáforas sobre árboles, caminos y alondras, my friend.

Dice uno en la solapa que AH es “el mejor poeta gaditano vivo“. Yo a eso lo llamo fracasar.

Ser el mejor poeta gaditano vivo es como ser el presidente de la comunidad en un inmueble de cuatro pisos donde, seamos serios, nadie quiere ser presidente de la comunidad. Si hasta tienes que hablar con la que limpia las escaleras, no me jodas.

Y eso pienso de AH, traducido al yemení y al manyaco (lo pone).

Pues Alberto Guirao es un niño de 1989 que ha ganado un premio en Getafe. Todo es glamour en la poesía, amigos. Al parecer el premio no exigía escribir sobre Getafe, así que Alberto Guirao ha escrito sobre sí mismo, cosa infinitamente más digna y hasta cósmica.

Nada tan universal como el yo. En cuanto rebasas el yo, pisas aldea y eres el mejor poeta vivo del Sector 3 (Getafe).

Miren qué expresión: “las uñas clavadas en la lluvia“.

Vamos bien, Guirao.

(Hablando de pueblos y de niños, caigo en la cutrez de saludar desde aquí a los niños del Instituto Miguel Herrero, en Torrelavega, que estudian los martes este blog, justo antes de Educación para la Ciudadanía. Echen al profesor, por favor. O háganle director, lo que quede más absurdo.) 

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