Sukkwan Island, de David Vann

Sinopsis: Primera parte: John y Mary están casados y tienen una niña de dos años, Mandy. Durante diez páginas hacen la colada. Durante veinte, friegan los platos. Luego van al supermercado y compran papel higiénico y docemil productos más: cincuenta páginas. Luego llegan a casa. Hay una mosca negra, muy inquietante, sobre el televisor. John sale de casa a pagar el seguro del coche. Cuando vuelve, su mujer está metiendo en la licuadora a su hija Mandy. El cuerpo de la niña se desparrama por la cocina; un intestino cuelga de la lámpara. Segunda parte: John se pregunta por qué Mary hizo eso. ¿Sería la mosca negra sobre el televisor? No lo sabe. Mary se tira por un puente en la última página. John piensa que no comprendió nada a tiempo, jo.

Si esto les parece aburrido, lean Sukkwan Island. Si les parece alta literatura, lean Sukkwan Island. No saldrán decepcionados.

El aburrimiento de la novela de David Vann no incluye carrito: es todo en una isla salvaje. El padre protagónico y su hijo deuteragónico llegan a la isla, clavan unos clavos, limpian unas alfombras, tosen; luego miran las nubes a ver si están gordas. También se caen a veces, pero luego se levantan. 120 páginas asina. Finalmente llega lo de la licuadora (spoiler). Y luego esa segunda parte donde el padre, o el hijo (spoiler), no entiende la licuadora. Y el final, que es más licuadora. Y más escayola, sobre todo.

Resulta iluminadora la recepción de esta novela en España. Todo el mundo está de acuerdo en que aburrirse así es sinónimo de calidad. Que la novela tenga dos partes, narradas en tercera persona, una con el punto de vista del hijo, y la otra con el punto de vista del padre, planas ambas como un ipod nano, y que no haya nada más ahí, nada que no se haya visto en Robinson Crusoe (Defoe) y El viejo y el mar (Hemingway), referentes palmarios de esta tontería de libro, no parece, es lo que iba a decir, problema para nadie. Del mismo modo que un español no puede escribir lo del otro día de Donald Ray Pollock sin ser quemado en la fogata del fascismo de superficie, ningún español puede proponer esta redacción lineal sin ser catalogado de decimonónico, antiguo o tradicional. Comparado con Sukkand Island, Juan Manuel de Prada está revolucionando la novela de nuestros días.

Tenía muchas ganas de leer esta novela, y de que me gustara; tenía miedo de escribir sobre ella luego de escribir sobre Knockemstiff, pues parecían novelas paralelas por su localización rural, la condición de oriundos del agro de sus autores y por su supuesta disolvencia temática. Me iba a repetir, yo que nunca digo puta en más de dos post seguidos. Hasta pensaba regalaros la teoría de que, muchas veces, el talento no es tan importante como el lugar hacia el que apunta, siendo una isla de Alaska (esta mierda) o un pueblo de Ohio (Knockemstiff), dianas certeras para la creación de libros distintos, meritorios, importantes.

Lo que encontramos en Sukkand Island es nuestro propio reflejo snob y acomplejado. Una enorme incapacidad, cité la palabra más arriba, para distinguir el mármol de la escayola. Basta que parezca una cosa muy seria para que tantos lectores ingenuos se crean con las manos en algo realmente serio: gran literatura. El sopor disfruta de un enorme predicamento, sobre todo si, en su justo centro, salta la sangre. En las tardes de los domingos uno se interesa hasta por los partidos de segunda B.

Esa tarde de domingo, tan tópica, es este tópico Sukkwan Island, con un padre que es el típico padre, un hijo que es el típico hijo, un divorcio que es el típico divorcio y un entorno hostil visto en Deliverance, Ravenous y otras películas que ahora nadie recuerda.

Puro fake.

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