Reig está perdonado

En la vida, como en el póquer, sólo te puedes descartar una vez y tiene que ser antes de los cuarenta años. Luego hay que aprender a jugar sin cartas: de farol. (pag. 225)

Rafael Reig (en provincias, 1963) prolonga con su narrativa una línea literaria peculiar y extravagante: escribir el envés del aula.

El aula, claro, es de escuela y facultad, todas de letras y muy españolas, de alumnado variopinto en el que encontramos, y para de contar, el feligrés (que luego acabó de académico), el zoquete (que luego acabó de obrero o ejecutivo, depende el padre), el absente (cuyo destino ignoramos porque nunca dio señales) y el pinturero de pupitres. O sea, Reig.

Y Orejudo.

Estos dos, ahí, y luego interseccionan, comparten parrilla de salida para hacer novelas, leer novelas y meterse con las novelas de Javier Marías. Su vínculo siamés, de Orejudo y Reig, es un patio particular en las letras españolas, porque en estas se ve mucho el foro mafioso y el sótano solipsista, pero no esto de ser amigos e ir escribiendo libros como quien mea conjuntamente las paredes.

Entonces yo a Reig lo veo como a ese niño que va a clase (de letras) porque si no en su casa lo canean, pero que en lugar de atender al Quijote pinta garabatos obscenos en el pupitre. Y así, entre que de fondo suena música española, y de cerca van delineándose los contornos del eros, surge un señor que sabe lo que significa sicalíptico y también lo que significa follar. No es tan común.

La literatura de Reig (también la de Orejudo, con otros visajes) viene siendo desde hace años la serie Z de una tradición, que parte, proto-parte, del Lazarillo y Lope de Vega, abraza a Cervantes, se pierde en autores irrelevantes y olvidados, hace pie en Larra, se zambulle en Galdós, picotea el 27, hace de Jardiel Poncela su secreto, aprende de Cela y de Umbral y de Benet (sin postraciones), choca con su propia generación y juega de farol un siglo XXI de tecnologías y gilipollas.

Porque lo que nos ofrece Reig (y también Orejudo: y no lo digo más) es ese desvío hacia el fondo que iluminó La turné de Dios y que tiene que ver con meter literatura en las tabernas y, sobre todo, taberna en la literatura. O sea sé, unas risas y la gente y el alcohol y que no aprieten las corbatas.

Emborracharse por escrito.

A Reig, más o menos, le faltaba esa novela de largo-aliento en una trayectoria de ir mezclando lo pulp con Góngora, que ya es mezclar, y nos la propone en esta premiada y en Tusquets Todo está perdonado, que son 367 páginas de orillo y goleadas, política y homenajes.

Parece que escribo a lo tonto, pero si me explico veis que no. Va.

De orillo: porque en la obra se cosen, superponen y decantan tonalidades disparejas de unas consabidas querencias del autor: que si la literatura (Coleridge, Baudelaire, Verlaine), que si el sexo (pag. 329-333: especialmente), que si soy colorado (Marx citado en alemán) y que si el alter ego (Carlos Clot).

Esto da en un relato de subibajas muy peligrosos, donde se mezcla el subir de Carrero por los aires (dije política) con la humorada surrealista a lo Tip y Coll (“expendedor de hostias”) y el compás narrativo de un campeonato de fútbol (dije goleadas; la novela avanza con la pauta de la Eurocopa 2008, podemos, oé, oé, oé, y asina).

Y dije homenajes, porque el libro abunda en el guiño amigo (“Miguel Tomás“, pag. 60; “Constantino Bértolo“, pag. 160; “el pequeño Alberto Olmos“, pag. 244), también en el guiño cabrón (“¿Quién te corta, marqués? Esto es de Marías. ¿Quién es ese? Un sastre en la plaza de la Villa”, pag. 51) y en el encantador guiño propio (“No es nada del otro mundo. Estás vomitando sangre a borbotones. Tú no te preocupes, guapa de cara”, pag. 347).

Todo este guiri pa qué coño. Pues para hacer una novela más personal de lo que parece, quizá sobreabundada de historia de España (me la pela) que se va afinando al trantrán y al tanteo, cristaliza en páginas pares y toma rumbo cierto en la página 269, desde la que se tocan sin temblor ciertos cielos literarios.

“Adelgazada por el descenso a través del patio de luces, tamizada por la ropa tendida, la escasa claridad del amanecer cubría, como si lo amortajara, el cuerpo desnudo del hombre dormido.” (pag. 345-348)

Sintaxis, sí.

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