Diario del hombre pálido, de Juan Gracia Armendáriz

“Se creía inmortal, pero después de la operación lloraba con la cara vuelta hacia la pared.”
Los escritores, cuando enferman, creen que se les ha ocurrido un libro. Es el libro del cuerpo. Toda la puta vida buceando en el bulbo raquídeo, en busca de esa magdelana o ese escarabajo, en busca de esa originalidad que les conduzca hacia la gloria, para finalmente localizarse geniales según se sentencian humanos.

 

El diario nefrítico de Gracia Armendáriz parte del estropeo del cuerpo para abrir el abanico de lo cotidiano y contar sus flambiformes naderías. El clima, lo sabemos, mueve muchas plumas y aquilata el adjetivo; los amigos; la familia; los viajes en tren por la noche para decirte que no te digo nada que tú ya no conozcas; los libros memorables; la sencillez.

“El paraíso es un café y un cigarro; el infierno, un plato de pescado hervido.”

Toda esta nada netamente literaria se nos sirve tras ser hervida en pucheros de larga tradición, desde La novela de un literato, de Cansinos-Asséns, a Salón de pasos perdidos, de Andrés Trapiello. Encontramos aquí la misma prosa remansada, equilátera, sin pasiones excesivas, sin torpezas; sin desarrollo.

El único desliz siglo 21 de Gracia Armendáriz es la frase “todo es de color azul microsoft“, ocurriencita que también perpetraba Pablo Gutiérrez en esa nada suya, también crucial.

Al próximo le cae un tortazo, aviso.

El autor tiene un momento para señalar las contradicciones del mundo editorial (Mario Muchnick), y muchos otros para pensar qué es escribir un diario y qué escribir una novela, y qué no escribir. Esto de que los diaristas intenten todo el rato dictaminar cuándo su escritura va para la galería y cuándo para el patio de su casa (distinguir éxito de honestidad) es una bobada tan grande como pretender que Don Juan se corre de otra manera cuando lo hace con una puta.
El sexo siempre es honesto. Y la literatura siempre es falsa. Como el porno.

El del Hombre pálido es un muy buen diario de toda la vida, lamentablemente canónico en sus apreciaciones literarias (nada es negado) pero sumamente sincero dentro del límite: ¿cuánta verdad queda fuera por escribir bien?

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