Los enamoramientos, de Javier Marías

Con 17 o 18 años todos descubrimos que una novia no es la novia sino otra novia, y que nosotros para ella somos asimismo otro novio, uno más y coincidente, pronto olvidado y sustituido, que no hay grandes amores sino acaso casuales ensamblajes de biografías en la cama y los veranos, que nos engañamos para entender el precio de las flores y los aviones, y finalmente para hacernos hijos unos a otros cuando suena la campana de la treintena y las películas ya aburren o tardan en descargarse. Uno se enamora en listas cerradas. Sobre esta obviedad ha escrito Javier Marías cuatrocientos folios.

Se intitulan Los enamoramientos y suponen seguramente el escalón más bajo de toda su obra.

Quizá atañe esta flaqueza a la aseveración de Tolstoi de que es mucho más fácil escribir sobre guerras y Napoleones que hacerlo sobre la vida cotidiana de la gente normal. Marías viene de batir en su prosa todo el siglo XX europeo, de milpaginar la Historia para solaz de críticos y lectores que sólo aprecian una novela si salen muchas mayúsculas y muchas efemérides. Eso fue Tu rostro mañana. Un colín con mucha levadura: eso es Los enamoramientos.

Si ha quedado de proeza aquello de Barthes sobre un cuento de Balzac, que lo comentaba en S/Z en hipertrofia delirante, la novela de Marías funciona similarmente, porque la trama o argumento o peripecia que encontramos en el volumen procura una sinopsis exhaustiva de no más de cuatro líneas, motivo por el cual muchos críticos, como ha lamentado el propio Marías, han desvelado el secreto de la trama, dado que es muy difícil resumir algo que en sí mismo apenas presenta un desarrollo.

La trama, además, es inverosímil y peliculera en plan mal, como un guión de esos que tienen en las escuelas de cine para ir haciendo como que pensamos las películas desde sus presupuestos más párvulos. Es una trama que viene, en el catálogo de tramas escolares del kindergarten creativo, justo después del chico conoce chica, y antes de el malo es el mayordomo.

La hemos visto en Dumiendo con su enemigo o La sombra de una duda, por ejemplo.

Esto no sería tan grave si no fuera porque el modo en el que se desvela qué personaje mintió y engañó y es el malo o la mala (aprecien cómo protejo el secreto de la historia, por favor) fuera tan burdo como esto: uno que escucha a otro en la habitación contigua -ay, esa puerta que lleva entreabierta desde el siglo XIX– hablar con un tercero en términos tan delatores que resultan sonrojantes. Nada que ver, esta anagnórisis, con la sutileza de LA Confidential, se me ocurre, donde conocemos la condición de “el malo” por un nombre propio (Rolo Tomassi) pronunciado al paso y como que nada importa, y acaba baleado el imprudente.

Página 195 de Los enamoramientos. Mucho uf aquí.

El estilo, finalmente, nos procura otra objeción, también escolar y como de libro blanco de la literatura. A saber: todos los personajes hablan igual. Y cuando decimos igual no decimos ni siquiera normalito, que es como habla la gente, sino con la misma pomposidad y retorcimiento y afán agotador de una idea que caracteriza la obra toda de Marías.

Esto tiene mucho que pensar. Porque, se me ocurre de nuevo, en Las mentiras de la noche, de Gesualdo Bufalino, también todos los personajes narran con idéntica excelencia sus respectivas historias (de eso va el libro), y uno es un marqués y otro un pastor, y otro un carcelero o algo, lo que lógicamente nos hace esperar un surtido Cuétara de idiolectos: que alguien diga “coño”, por ejemplo.

Sin embargo, Las mentiras de la noche funciona, y cuestiona con esa efectividad narrativa (la novela de Bufalino es excepcional) el veto crítico a que todos los personajes “hablen igual, e igual al autor”.

Y pienso que en Las mentiras esto funciona, y en Los enamoramientos no, porque una cosa es el estilo y otra el discurso, y el discurso en Marías, en este libro, es sólo uno, que recae ahora en un personaje y ahora en otro, como relevistas de una voz que no es la suya, por lo que no es exactamente que todos los personajes hablen igual sino que hablan todos igual para decir lo mismo y ver el mundo de la misma manera.
Esto lo aprecia en verdad el propio autor, con exculpaciones explícitas: “Luisa hablaba bastante bien, con no escaso vocabulario y con verbos que en el habla general son infrecuentes” (p81) o “Tenía una fuerte tendencia a disertar y discursear y a la digresión” (p165).

En definitiva, no es una novela que me arrepienta de haber leído (de hecho, hasta comprando), ni que me haya parecido deleznable, pero asumo que esto se debe en gran medida a que la lectura continuada de los libros incesantes de Javier Marías hace que leer algo nuevo suyo sea recordar inexactamente sus libros buenos anteriores, revisitar esa coordenada espacio-temporal donde sí hubo una vez fascinación y encanto, como volver a casas del pasado ahora mal decoradas y con los muebles muy baratos, pero con pilares y paredes que parece que aguantan.

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