Agosto, octubre, de Andrés Barba

Es costumbre ya, postmoderna o algo, muy de Fresán mayormente, presentar a un autor o una obra por medio del cruce de referencias, la propuesta de unos padres putativos o el entrechocado de dos estéticas. Decir, por ejemplo, que está entre Salinger y un catálogo de Ikea, entre una canción de Bob Dylan y un cuento de Cheever; decir que tal obra es como si Scorsese hubiera escrito un cuento infantil o que tal otra obra se asemeja a un Poe con hip hop de fondo.

Este etiquetado crítico busca en efecto ser instructivo, pero también busca el propio lucimiento, que para eso nos pagan y nos leen, porque prospectos ya traen las medicinas y los frigoríficos y las reseñas parecen más acertadas y solventes si hay ingenio y poesía, y sorpresa.

Aplicando esta fórmula al último de Andrés Barba, se me ocurre convocar a Camilo José Cela como guionista de Verano azul, aunque esto no lo pillen los argentinos ni los suecos, porque allí no hubo veranos azules sino otras juventudes en la tele. También se puede definir Agosto, octubre como una canción de Los planetas con letra de Michael Haneke, o como una jarra de sangría olvidada sobre un mesa hasta que los hielos se deshacen y la desbordan y caen gotitas rojas sobre el mantel.

Todo muy lírico y perverso.

Es, implacablemente, un gran libro. Y para mí una gran alegría que estaba hasta los cojones de leer a Andrés Barba y quedarme con esta cara de espectador intocado en sus entrañas por historias de sentimientitos un poco laboratoriales, como de movie española para ganar premios porque sus personajes sufren problemas estadísticos: alzheimer o violencia de gender o movidas.

Un adolescente en un pueblo con mar y chicos malos; y chicas de faldas inquietas y largas calles por las que el sol propone todos los polvos, el que levantan los pies y el de levantar las haldas. Ahí es la historia.

Barba atiende en su escritura a los dobleces del alma, es un escritor del rostro, de la mueca y la comisura de la boca, del gesto con la mano o el sentido último de una palabra dicha sin excesos. Pasan cosas y el autor analiza, casi parametriza, qué siente uno cuando eso ha pasado; y para ello recurre, como Fresán al etiquetar libros, a la mezcla, esta vez de sentimientos, de modo que nadie es feliz o desgraciado, está enfadado o avergonzado, sino que siente siempre un precipitado de felicidad y culpa, o hace un ademán falsamente maduro, o dice unas palabras soberbias que le asustan a él mismo. Esa es la técnica, muy en Faulkner, y supongo que en un montón de autores del XIX.

Es particularmente lectivo comparar Agosto, octubre con Las manos pequeñas. Enfrentarlos, y de eso va este post, es como poner juntos un ipod y una manzana, o un crucigrama y una vieja fotografía de esas que nos tiene toda la tarde descubriendo quién es ese que sale de espaldas.

En cualquier caso, Agosto, octubre es uno de los grandes libros de 2010, pues casi no tiene con quién medirse.

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