Mi medio siglo se confiesa a medias, de César González-Ruano

-Usted tiene fama de fascista.

La mitad omitida en estas confesiones es de sangre y de semen. Avisa desde el prólogo Ruano que no va a abrirnos la salita de su particular puterío, ni va a mostrarnos la taxidermia de sus galanteos, esas cabecitas de criada, de marquesa y de cocotte, que es como se decía puta hace ochenta años, por lo fino y lo francés.

No advierte, sin embargo, que la Guerra Civil se la va a saltar, y que de tanto referirse a la Guerra Mundial de Hitler, y a un extraño encarcelamiento por parte de la Gestapo, más parece que la guerra que vivió Ruano no fue la suya, sino la que echaban en la radio y que venía de Berlín y los bigotes.

Antes de esta decepción inmensa (no oír una opinión “nacional” sobre ibericidio en los mismos años 50 al cobijo del Régimen), las memorias de Ruano clarifican un ancho tramo de literatura y periodismo españoles, que eran oficios que se hacían en el café, el ateneo y las aceras de la Gran Vía.

Ruano fue un señorito de Santander que se vino a Madrid a triunfar en la literatura, y tiene el mérito su libro de contarnos exactamente eso, y exactamente cómo lo hizo. Va ya para larga mi espera, mi demanda, mi exigencia, de que tanto y tanta estrella de nuestros días, en vez de contar cosas que no importan y que son falsas, hagan un abominable libro sincero donde especifiquen sus estrategias fatales para el éxito y nos detallen sus componendas y sus ruindades: me encantaría. Cosas como: Acudí a la conferencia de X para luego saludarle y darle mi libro; me acosté con Y para que me publicara; y así.

Si la sinceridad no nos envilece, ¿para qué la queremos?

Ruano se tintó el pelo de blanco (literal) y se fue al Ateneo a decir que la literatura española clásica era una puta mierda, con la intención expresa de que luego hablaran de él en los periódicos. Y lo consiguió. Y por ahí seguidito.

Su drama, lo cuenta y lo sabíamos, fue, como el de tantos, y hoy en blogs, dilapidarse en artículos en lugar de hacer la novela. Que el articulismo, y hoy los blogs, son el sumidero de algunos talentos es siempre una excusa para no reconocer que, más allá de dos folios, no nos da el resuello, y que no estamos llamados para el maratón y el polvazo.

Fue Umbral, entre otros, quien mantuvo vivo el nombre de César González-Ruano por décadas, como maestro de prosa y de adjetivos, y de rapidez en la escritura. Ruano, obviamente, escribe con esa parsimonia señorita de todos los caballeros de su generación, acaso un punto mejor que muchos de ellos, haciendo un español que ahora abochornaría a casi medio staff de la prensa nacional; pero, aparte de unos laísmos espeluznantes, y de suponer que arribista se escribe con V de Victoria, Ruano tampoco muestra en estas 600 páginas otra cosa que haber salido alfabetizado de su casa cuando la mayoría en su tiempo no entraba alfabetizado en el cementerio.

Manuel Machado (Manolo) le negó un abrazo en un teatro porque, según pintaba el patio, abrazar a un fascista podía traer problemas, que las ideologías son pegajosas y se llevan en el pecho. Ruano queda poco fascista en sus Memorias, ni siquiera queda medio facha, sino como alguien que se llevaba bien con todo el mundo y te tenía un artículo escrito en media hora a pluma y tintero, y sin manchas.

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