Manifiesto, de David Mamet

En su libro sobre la poesía, Ezra Pound dijo a los niños que la autoridad era como un cheque de un millón de euros: lo único que importa es quién extiende el cheque. El cheque, solo, papel y arena de Arabia, no vale una puta mierda.

El cheque se vuelve en blanco en blogger, donde sólo se necesitan tres minutos para alzar la tribuna desde la que propalar tus gilipolleces y comprobar que, lo que es pegar al saco del gym, lo puede hacer cualquiera. Muchos aspirantes al pugilato de la literatura no se dan cuenta de que hasta el saco se ríe de ellos y sus entrecortados uppercuts de nenaza zascandileándose el periodo.

Esto no lo piensen mucho que no tiene ningún sentido.

El caso es que si yo digo que una novela es una puta mierda todos saben que lo es; y si digo que es una obra maestra, o una buena obra, lo es: indefectiblemente.

Lo mismo pasa con David Mamet. 

Y el teatro.

Porque Mamet y yo somos tíos que no nos andamos con soplapolleces.

Manifiesto es una cosa castiza de Chicago, ruda de barra de bar sin limpiar y paleta con entusiasmo. El paletismo con entusiasmo sólo lo pueden hacer los americanos. Los demás somos paletos de penitencia.

Mamet ha escrito, y visto premiadas, varias obras teatrales, y algunos guiones, también premiados, y hasta dirige películas y cursos y si no tiene un óscar no recordamos que no lo tenga, lo cual es lo mismo que haber dado un discurso en el Kodak Theatre.

Sin embargo, sus posicionamientos estéticos en este tutti de opúsculos podrían ser recogidos en el descanso de cualquier obra de Angelica Liddel, a la puerta del teatro, de aquellos que en ese preciso momento están dejando la sala y poniendo el cielo perdido de apostasías.

Dice Mamet que el teatro sin texto es un puta mierda; y Derrida un payaso y el Método de Stanivslasky un montón de “vómitos y mierda”. También dice que no existe el personaje, sólo son palabras que un tipo con talento declama, y que el director de escena, sencillamente, no sirve para nada.

Dice que La canción de amor de Alfred J. Prufrock, de TS Eliot, es un rap.

Todo ello lo afirma entre cervezas y esas gorras llenas de agujeros de los yankis, como rascándose los sobacos y tecleando a toda prisa porque esperan los amigotes para hacer sonar las camionetas delante un college.

Es todo estupendamente fascista. Odio a Rusia, odio a Stalin, odio al feminismo, lo políticamente correcto, las tramas con discapacitados y la intelectualidad. La vida es tan sencilla como una tarde en el porche, en América.

Pues.

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