Libro de los pasajes, de Walter Benjamin

Es duro ser un mito por escribir un tocho sobre las tiendas retechadas del barrio, aún cuando ese barrio estuviera en París. Los pasajes líricos del título se vuelven pasajes comerciales en los interiores del volumen, que es asimismo una galería comercial de citas, datos históricos, vagabundos hiperestésicos y putas con cobijo.

Walter Benjamin dejó anotada para luego su gran obra, que luego no hizo pero que nos va valiendo como borrador de un imposible. Su legado cojo y minusválido recuerda hasta cierto punto esas novelas no acabadas de Franz Kafka, que nos hipnotizan por sus debilidades, su tinta ausente y la sensación de que hacen falta las personas para acabar los libros. Hay en esta literatura dejada por concluir una constatación de que nos morimos siempre a medio hacer.

Benjamin, para entendernos, apuntó su inteligencia durante años hacia un punto irrelevante del universo: nada menos que las tiendas; en concreto tiendas encadenadas y encubiertas bajo palio de la tecnología del hierro y el urbanismo de relumbrón. Sucede que sotecharon algunas calles para que la gente pudiera salir de la sombrerería con el sombrero ya puesto a pesar de la lluvia, y entrar de seguido en la tienda vecina a comprar un bastón o unos polvitos nasales. El pasaje comercial creyó Benjamin que le daba la clave de la vida o al menos de París, que por entonces era lo más parecido a la vida que tenía un señor.

De este caminito al socaire de hierros y cristales deduce el autor toda una sociedad, y este Libro de los pasajes no es sino la acumulación incontinente de investigaciones y puntales filosóficos que, irónicamente, quedó abandonado como esos parques de atracciones de Japón o algunos hoteles en la costa Brava. El libro, así, resulta insólito y como que hay mucha miga en sus espacios en blanco, y en el código alfanumérico que los compiladores han instaurado para mapear tantos apuntes.

Benjamin nos habla de la publi y del barón Haussman, “artista demoledor” en sus propias palabras; de Baudelaire y del flâneur y de las putas y del progreso así por lo general. Todo concurrido de citas que sacaba de la biblioteca en todos los idiomas del mundo y que, traducidas, nos dan el abanico completo de las fuentes tipográficas, que este libro es una edición napoleónica en sí mismo, y no en vano cuesta 100 euros y es verdad que trae algunas fotos; pero son 100 euros.

103, de hecho.

Una broma infinita para intelectuales y bohemios. Un regalo perfecto para el divorcio de un cincuentón. Un Sepu del saber.

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