Riña de gatos, de Eduardo Mendoza

A la decadencia y destrucción de Lector Mal-herido sólo le faltaba esto: hablar bien de un Premio Planeta.

Siempre nos habíamos preguntado que tenían por dentro las novelas galardonadas con el Premio Planeta, si iban letras o sólo el peso del papel, a fin de abarquillar las estanterías preceptivas. Primera noticia: van letras. 
Las letras van como en cualquier novela que no haya reportado a su autor 600mil euros, de un lado al otro y en renglones y cuidadín con las viudas y negro sobre hueso, y fecha e impresor. La tipografía es democrática. 
El premio Planeta, en resumen, no está amañado, como dicen por ahí. Es un premio que representa como ningún otro en la historia de los reconocimientos públicos la justicia que rige al cabo nuestras vidas. No en vano, ganó el Barça.
Riña de gatos es la última obra orbital, y he tardado la de dios en leerla porque lo he hecho en tiempos muertos y refugios opacos, como lector de incógnito, a fin de no malbaratar mi prestigio de frecuentador de novelas escritas por putos miserables, sin satélite donde caerse muertos.
También eran 400 putas páginas, amigos.
De qué va.
Va de un inglés que llega a Madrid, 1936, a tasar unos cuadros para un marqués supuestamente a punto de largarse del país con el monto resultante de la venta del tintatux tasado en vista de que, si ya matan curas y monjas, él es el siguiente, y su familia, en el alfabeto de la venganza.
El inglés, así a lo tonto, se acaba metiendo en todos los fregados pre-guerracivilistas, siendo estos los protagonizados por la Falange, por la Dirección General de Seguridad, por la KGB con el nombre ese de editorial de provincias que tenían entonces, y por un montón de niñas pijas que andan como locas por licenciar sus preciados virgos. 
O sea, por follar.
Mendoza lo narra todo con ese distanciamiento traído, como su personaje, de Inglaterra. El estilo es “gran estilo” y todos los personajes hablan igual, y durante 20 renglones, salvo una puta que es laísta, y apenas acaba las frases que empieza. 
Riña de gatos es un santo entretenimiento deliciosamente anticuado, donde la riqueza de vocabulario y la exquisita precisión en el nombramiento de las cosas nos bastan y nos sobran y hasta se agradecen. Además hay una pizca de humor y es todo espías y un protagonista que cada vez que da un paso se encuentra al personaje que toca para seguir con la trama. Todo muy Chesterton de Barcelona, y ahí está esa errata fustigadora en la página 426: “la Toñina, Lilí i ahora Paquita”
La Toñina es la laísta.
Los demás hablan tal que así: “El alumbrado público es deficiente y yo debo de haber olvidado mis gafas en el Ritz.” (p. 109)
Eduardo Mendoza, que es un gran escritor, también es un gran perdedor de las grandes batallas de su arte. Porque ha dicho, o dijo, o si no que lo diga, algo tan genial como esto: “Yo ya sé que no voy a cambiar la historia de la literatura.
Y de eso va todo, amigos, de decadencia y dulces retiros en Kensington.
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