Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra

Alejandro Zambra llegó a Anagrama con las aes adecuadas y un gusto esférico por Georges Perec. Bonsái y La vida privada de los árboles no eran ni Baricco (Seda) ni Coixet (de las palabras), sino una abreviatura de la literatura de la lectura. Madame Bovary se la debe de haber leído catorce veces.

Zambra, seguramente, es el autor más particular de su generación porque ha obedecido sin saberlo a mi diagnosis, que no es otra que entender la literatura de nuestros días como un servicio a la síntesis. Z. no sólo escribe cosas brevísimas, sino que en ellas ejecuta esquemas narrativos que incluyen la propia escritura, con lo que en 100 páginas de nada tenemos ya las dos caras de la postmodernidad, que no es otra cosa, en lo de los libros, que la pirueta formal de negar las formas.

Zambra, también aquí, tiene una prosa diamantina: porque es clara, porque es transparente, porque es simétrica, porque sus facetas son cortitas y porque su brillo le gusta a (casi) todo el mundo.

Con esa prosa ha hecho una novela de 160 páginas, lo que con su trayectoria de miniaturas verbales ha de entenderse como la primera incursión del autor en la novela-río. No sé si ha tardado como 4 años en escribirla.

Va de Zambra, del mismo modo que tantos autores hacen a sus libros ir del que los firma, porque firmar el libro y creerse Tema es todo uno.

Lo bueno de la literatura del yo (lo único bueno) es que a nadie le importa tres cojones la vida de Zambra, por lo que Zambra tiene que darnos algo a cambio de escuchar sus cositas: es el pacto de lectura que nadie ha cifrado, el que intercambia buena literatura por atención, placer verbal por autoestima, subrayados por desahogos.

Y la novela está bien. Muy bien, si vols. Pero.

Pero quizá esas 50 páginas extensísimas que Z ha subsumado a su novelar habitual vienen algo flacas de solidaridad con el lector, porque hay como cinco decafolios, distribuidos alicuotamente, en los que el autor baja la guardia y nos abochorna de anotaciones hogareñas, que a poco interesan más allá de la esquina de su casa. Como que le gusta mucho Buenos días, de Ozu, o que escribir es una cosa que también le gusta mucho, pero que a veces le cuesta un poco, por la tardes por ejemplo, no me digas.

Luego en la foto sale Zambra como un latin lover, irreconocible e incomparable con las fotos de solapa precedentes, como amarquesado, como complaciente, como otro, sombra de Zambra.

Me inquieta.

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