Los poseídos, de Elif Batuman

Turca de 1.80 metros de altura, Elif Batuman es evidentemente una persona cuya vida no podemos dejar de conocer. Ya lo dice la cuarta de cubierta de Seix Barral: “Los poseídos [va de] cómo la literatura, en concreto la rusa [sic], ha condicionado la vida de Elif Batuman.”

Esto de que el yo novelístico último parta de la premisa de que cualquier idiota que firma un libro es ya mismito una persona fascinante (como pueden serlo un Kafka o un Pessoa hasta en sus anotaciones más marginales) da cuando menos un montón de risa y, cuando más, bastante pena.

¿Cómo ha influido en la vida de Elif Batuman la literatura rusa? La pregunta puede catalogarse en la carpeta donde tenemos esperando preguntas trascendentales como: qué libros leía Torrebruno (de joven) y qué libros leía Torrebruno de mayor; cuánto costaba el gasóleo en Suiza en marzo de 1978; cómo influyó en la vida de Emilio Aragón aquellos chupachups que le costó más de un minuto desenvolver.

Luego el libro está bien. Se propone como ensayo pero un detalle revela su cercanía mayor con la narrativa, o la novela. Y es que el índice va al final del volumen. Los índices de las cosas escritas van al final del volumen si se propone una ficción, porque la ficción no se puede proponer sin sorpresa, sin el placer de ver la obra crearse antes nuestros ojos. Así, una novela es un itinerario azaroso que dobla esquinas no esperadas para acabar en lugares sugerentes; un ensayo, sin embargo, es una ruta turística por los pensamientos de un señor o señorita, y es de rigor indicar antes dónde se va a ir por si queremos o no queremos caminar con el pensador o señorita.

Elif, que es aleph en turco, arranca su relato biográfico con una introducción que acaba siendo lo mejor del libro. En ella cita a Girard y Derrida y otros seres, para que veamos que es una listilla, pero también cita, y lo hace a lo largo del libro todo, a compañeros de pupitre con los que -lo subleemos- no le importaría hablar de Barthes en posturas no verticales.

El éxito de este libro -en USA, aquí seguramente- viene de que la voz narradora es una voz muy romántica al cabo, y es el “amor” el gancho del relato, mientras que las lecturas de Tolstói o Chéjov son sólo el locus amoenus de una chica lista cuya vida sentimental “es un desastre” [cliché comercial]. Pobrecita.

Elif, por tanto, hace una novela algo similar a esa tontada del erizo, porque a todo el mundo le suena un poco Marx y Dostoievski y da gusto que nos guste que nos guste Marx o Dostoievski, pero en verdad queremos saber si se querían. Por supuesto, Elif Batuman está dos grados por encima de todos esos erizos, y es muy maja hasta en el afoto.

Lo que quería decir también -que se me va- es que Elif propone un dilema no del todo estanco: si uno, al querer ser escritor, ha de escribir -y esto en USA minin irse a una residencia de escritores o taller– o ha de estudiar -y esto es encauzarse por lo académico. Ella elige la segunda opción y ahí están sus becas sucesivas y sus tretas sucesivas para conseguir que le financie el estado proyectos de estudio literario que muy bien podrían obviarse para poner una farola en un parque, pero así es el estado de bienestar, que prefiere becar a un tipo que iluminar el albero del barrio pobre, jeringuillas y condones.

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