Doctor Glas, de H. Söderberg

La gente follaba poquísimo entre 1880 y 1910. Fueron años de gran literatura.

Si algo os he enseñado en este blog ya míticamemte muerto, es que la literatura es consecuencia directa de la falta de amor, porque nadie que tenga una mano que llevar de paseo por un parque con sombras propicias se queda en su casa cambiando de rumbo los tinteros del arte. No esperen novela mía, que ya violé todas las sombras del verano.
El periodo cifrado más arriba nos dejó diarística, amargura marital y snobismo. Vean Leon Bloy como primero y segundo, Jules Renard como primero y tercero, Monsieur Teste de Paul Valery como tercero, Alegato de un loco de August Strindberg como segundo y Sexo y carácter de Otto Weininger como segundo y tercero, pues no hay nada más snob que odiar a todas las mujeres sin desposarlas ni aún llevarles bajo sombrilla hasta su casa.

En este contexto deprimentísimo se inscribe Doctor Glas, de Hjalmar Söderberg, 1905, novela que recupera la editorial Alfabia en plena desesperación porque nunca hablamos bien de un libro suyo. La traducción es de Gabriel Ferrarer, suicida puntual.

Es un maravillosa novela, que me dispara la referencialidad, pues si bien asume todos los nombres antecitados: es un diario, es amargo, es sexualmente estanco, es fino; también recuerda las novelitas de damisela ruborizada de Stefan Zweig, y hasta a El extranjero de Camus si nos ponemos panorámicos (“Murió prematuramente, mi madre. Pero es mejor que esté muerta.”) y más aún: se inscribe en esa línea que va de Thérèse Raquin de Balzac a El cartero siempre llama dos veces, de Cain, subgénero policíaco del estorbo de género (normalmente, el hombre).

La historia es de esas que sólo se le ocurren a gente que no toma el sol (de Viena para arriba). El doctor del título tiene 30 años y no ha visto la cara de ninguna mujer por el lado de las raíces (Cortázar). Vamos, que  es virgen. Sin embargo, su consulta está llenita de putitas: una que se quedó de un tercero, que si me abortas, y otra, la coprota, a la que le repugna hacerlo con su marido. En realidad no es que no le guste el sexo, es que tiene un amante y andar mezclando pollas en el salero le crea conflictos lácteos. El doctor, de a poquito, se va enamorando (a la sueca) de la muchacha, y se propone ayudarla haciendo un uso paulatinamente más grave de sus prerrogativas hipocráticas: como mandar al marido a un balneario, para empezar. Luego lo manda más lejos.

La novela esta se lee tan fácil y tan placenteramente porque, aparte del asunto sexual, que siempre se agradece, la traducción de Ferrater, suicida puntual, es inobjetable y lírica y prosódica. Casi le salen solos los eneasílabos, al señor.

Se desconoce el motivo por el cual esta novela magistral es tan poco conocida, frente a los berridos de Knut Hansum y otros finlandios armados con la llave Allen del canon más pringoso.

“Hablaban de mujeres y de amor, y se debatía cuál es la principal condición para que un hombre lo pase realmente bien con una mujer.
El caballero calvo dijo: -Que tenga dieciséis años, que sea morena y delgada y que sea caliente.
Markel, con expresión soñadora: -Que esté gordita y suave.
Birck:-Que me quiera.”

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