Padres, hijos y primates, de Jon Bilbao

Ninguna historia o personaje exige ser nouvelle o cuento o novela y cualquier trama puede encofrarse en cualquiera de las tres distancias, al punto de que la historia de un señor que mira por la ventana y llora puede dar en una novela de 500 páginas y la de una familia de diez miembros de los cuales ocho se casan y dos se suicidan y uno hereda una empresa de paracetamol y colecciona el ABC durante cuarenta años puede escribirse en dos cuartillas. La distancia no es el texto, la distancia es el autor.

Como no hemos acabado desde Babelia y El cultural de convencer a nadie de que el cuento es un género no ya respetabe sino cimero dentro del quehacer literario, aún no ha empezado la campaña por convencer a nadie de que la nouvelle es un género no ya respetable sino cimero dentro del quehacer literario. Uno se pregunta cuándo llegará esta campaña, si Andrés Neuman antologará nouvelles durante diez años y si no cortocircuitarán los argumentos en favor de la nouvelle con los argumentos en favor del cuento, porque no se puede argumentar lo mismo para enanos que para parapléjicos, estamos de acuerdo.

Mientras llega esta refacción inútil, Bilbao ha hecho dos libros de nouvelles o narraciones medianas y un par de novelas. Obviamente todo el mundo cree que sus cuentos son lo mejor suyo, y obviamente yo pienso lo contrario.

El hermano de las moscas fue la primera novela de Jon Bilbao, e iba de ciencia ficción ingenieril y matrimonios ásperos en una costa que podía ser tanto la de su Asturias natal como la de Iowa, si es que Iowa tiene mar, o Vladivostock. O cualquier ciudad del mundo sin mar: no seamos nazis. Ahí encontramos ya todo el catálogo de recursos que luego el autor ha empleado para seguir ampliando su “universo”, que es un universo de peliculerío literario en plan bien. Es decir: se escribe para informar, y hasta para dar forma, y nunca never para la lírica la pirueta o el Libro de Citas Literarias por venir.

Contenido y exacto, Bilbao cuenta historias con conflicto hard-core y final sanguinolento, nada de mariconerías postmodernas de uno que compra tabaco en un bar hasta que epifana y acaba el relato. No. Dura la trama lo que dura dura.

Entonces la segunda novela de Jon Bilbao, titulada -y no me gusta- Padres, hijos y primates se nos presenta como el trabajo más perfecto dentro de la poética de su autor, que como se va diciendo es la poética de John Ford contando películas porque no le va el DVD.

La historia es la de unos españoles en México con huracán que huyen tierra adentro para no despeinarse lo primer mundo y acaban en un hotelucho primero y luego en un chamizo y luego bastante peor. Es el mejor libro de Jon Bilbao y una novela inobjetable. La historia progresa hacia su clímax y luego viene el sello de la imprenta, no gluten ni epílogos. Lo mejor del libro en términos anecdóticos es cómo el autor nos ahorra el puto modo en que hablan en México: los mexicanos del libro hablan como personas normales, y no como monos de feria del novelista que ha mirado en google cuatro frases zarzueleras del folkclor verbal de algún país terrible. Eso está muy bien visto por el autor: apenas un “güey” y ni un sombrero de esos de chiste de Bolaño.

Monos salen dos.

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