Los libros son tímidos, de Giulia Alberico

Lo particularmente peor del mundo del libro nos lo encontramos en este enrojecido ensayo italiano. Esto es: Señoras.

Las Señoras son el cáncer de la literatura. Porque son las que compran libros. También son las que van a hacer que los libros en papel duren más de lo que nadie podría esperar, porque a las Señoras lo que les gusta es el papel, el peso de las páginas y el veraneo.

Se publica, mayormente, para las Señoras, y se hace mucho dinero con la calderilla que las Señoras sacan de sus monederos manumitidos.

La culpa de que las señoras lean tanto es, por supuesto, de los señores. Que se volvieron tímidos de tálamo o confusos de juventudes humedecidas.

Este Los libros son tímidos lo firma una Señora, italiana a su sabor, y ya en la primera página dice la palabra clave: “olores“. Todo lo putrefacto de la literatura, desde el lado del lector y desde el lado de autor, tiene que ver con “olores”. El lector “olores” es ese al que le gustan los libros con descripciones de mercados porque “parece que estás oliendo” los mercados; y el autor “olores” es ese -y luego lo cuenta en las charlas– que va a un mercado y, huele que te huele, no puede por menos que volver a casa corriendo -con la nariz tapada- para escribir su puta descripción con olores.

Lo de Giulia es la cursilería lectora en grado cero, la pavisosez más polvorienta, y las admiraciones sonrojantes: “No hace mucho, la película Los chicos del coro -¡me pareció tan bonita que la vi tres veces seguidas en pocos meses!- (etc.)”

¡Me pareció tan bonita!

Qué santo asco.

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