Zama El Silenciero Los suicidas, de Antonio di Benedetto

Hay en literatura una práctica muy honorable: el lloriqueo.

El lloriqueo es una elegante reivindicación de autores muertos y olvidados con el fin de que su nombre y su obra reciban una mayor atención por parte de los lectores, los libros de texto y los cromos Panini. Se entiende que no todos los escritores pueden perdurar en nuestra paciencia y que la criba del tiempo, hecha a toda prisa mediante preceptivas darwinistas, muchas veces ajusticia el talento de un pobre hombre y le deja sin lectores ni tesinandos. Los vindicadores de un autor preterido suelen ser también autores, y a la desinteresada puesta en marcha de su campaña de refacción, unen un enternecedor motivo oculto: espero que cuando yo muera alguien haga lo mismo conmigo.

Llorar a los muertos, en literatura, es desearles que vayan al paraíso de los lectores.

Pues El Aleph acaba de reeditar tres novelas de Antonio Di Benedetto y ha reunido a una claque esplendorosa de plañíderos: Piglia Saer Vila-Matas Borges Chefjec. Si Di Benedetto no resucita con esto, tú dirás.

Zama es la primera de sus novelas. Trata de un señor que en 1790 espera a que llegue un barco. Hay que decir inmediatamente que extraña mucho que una novela acerca de un señor que está en 1790 esperando a que llegue un barco haya sido olvidada. Novelas así, de gente que espera cosas durante 200 páginas, suelen llegarnos al corazón.

Di Benedetto, por favor, tiene muy difícil ser recordado por una novela que ambienta en el siglo XVIII, por algo tan sencillo como que el siglo XVIII ya tiene sus novelas, y el siglo XX tiene sus novelas, y escribir sobre  el siglo XVIII desde el siglo XX es como poner espaguettis en un restaurante japonés: a lo mejor están muy buenos, pero esperábamos otro menú. En literatura la cosa va del menú y del horizonte de expectativas de la posteridad. Esto mismo le pasó a Enrique Larreta y un poco al Bomarzo de Mújica Laínez.

Luego encima y por demás de que Benedetto es un amargo escribiendo, a veces no se entiende lo que escribe: “Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría”. Empezar una novela haciendo que el lector no sepa si uno espera un barco, o un barco espera a otro barco, o quién cojones es el que viene, no ayuda mucho a perdurar. “Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae”. Esta frase es el tercer párrafo de la obra: los palos son del muelle (1. m. Obra de piedra, hierro o madera, construida en dirección conveniente en la orilla del mar o de un río navegable, y que sirve para facilitar el embarque y desembarque de cosas y personas e incluso, a veces, para abrigo de las embarcaciones.), porque en el siglo XVIII los muelles se hacían con… ¿palos?; aparte de que los ríos desembocaban en porciones y, por si esto no fuera ya bastante milagroso, también recaían, así en general.

Dicen que este señor escribe realmente muy bien; y lo hace, pero no precisamente en este arranque.

El silenciero -lo admito- no lo he soportado ni cuatro palabras.

Y Los suicidas está muy bien. I like it mucho. Pero: publicada en 1969 con resabios existencialistas y la larguísima sombra de Albert Camus en cada coma, resulta demodé para su propio año de edición, y no parece que hacer un buen libro sea mérito suficiente como para quitarle el sitio a autores que hicieron muchos buenos libros y, sobre todo, bastante más originales.

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