Superficiales, de Nicholas Carr

Nicholas Carr se pregunta qué está haciendo internet con nuestras mentes y luego dedica un libro entero a no contestarse. Su ensayo se titula Superficiales, obviamente.

Lo que tienen los libros, así a la pala la llana, es que abultan. También tienen que llevan letras, sí, pero sobre todo hay que atender al peso, al cuerpo sólido y excesivo. Hacer un libro es completar su volumetría: 200 páginas.

Cuando uno tiene algo que decir, puede decirlo en una línea o en cuatro; pero si quiere que le hagan caso tiene que escribir 200 páginas.

Esto le pasa a Carr, que tiene algo que decir que podría decirse en 2 putas frases, pero ha tenido que currarse un ensayo de 352 páginas para que le paguen por decirlo.

Esas dos putas frases os las digo también yo: “Debido al tiempo que pasamos en Internet hemos perdido la capacidad de concentración que exige la lectura de un libro.”

Ya está. Dos frases. Y me sobró una.

Nicholas consigue hacer un producto de una idea -por lo demás, tan profunda- a base de rellenar: dedica un capítulo entero, como 30 páginas, a historiar el libro: desde las tablillas sumerias al bolsillo de Penguin, pasando, claro, por la imprenta de Gutenberg y los papiros. A poco nos cuenta la caída de Roma, entera.

También dedica como 40 páginas a Google: fundación, fundadores, ganancias, maravillas. Y así.

El lector no acaba sabiendo lo que Internet está haciendo con nuestras mentes, aparte de impedirnos leer Guerra y paz, pero pasa un ratejo muy grato en la creencia de que tiene entre las manos un asunto crucial, particularmente digno de sus exorbitadas ansias intelectuales.

El propio autor afirma, simpáticamente, que escribir este mismo libro ya le ha costado la de dios, porque eso de escribir libros es tan absurdo y fatigoso como leerlos.

En realidad es un poco más absurdo.

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