Purga, de Sofi Oksanen

Ganas de follarse finlandesas hemos tenido todos; ganas de leerlas, no tanto.

Las mujeres son así: de leerlas casi no tiene uno ganas. Por compensar.

Sofi es así de friki y así de finlandesa; así son sus gafas, asina la cabellera vikinga y asina su make-up de bruja piruja. Lady Gaga hace discos de mierda con poco más; Sofi, con poco menos, hace literatura. Entre la música pop y la novela median, más o menos, 20 kilos.

Purga llega y vende, ve. Lo publica Salamandra, como pronto a Franzen. Creíamos que Salamandra era un sello de best-sellers para ancianitas y era verdad; pero a veces todos somos ancianitas.

Purga es un libro fundamental ya mismo, la lectura del año, el punto de apoyo de cualquiera que ande en busca de argumentos a favor del dislate de que las mujeres escriben tan bien como los hombres. No cambio Purga por ningún libro de ningún autor de la lista Granta, por ejemplo.

Sofi Oksanen, Finlandia, 1977.

Va de putas, Purga, de putas rusas por si no se nos puso ya dura. Putas rusas. Putas. Rusas. Putas. De Rusia. Dios, qué novelón.

Lo que más me gusta de Purga no son las putas rusas (la reiteración confunde) sino las vacas, el aceite, el barro, la carretilla, el cuchillo, las flores, el pantalón, la azada. Con todo lo moderna que es Sofi, en su novela no salen más que rustiqueces, objetos, las cosas, las putas cosas (rusas o estonias, finlandesas); saunas no. El sabor de la materia, el sabor de la sangre y del semen en los vídeos que le hacen hacer a la hetaira soviética, zorrita de Vladivostock.

Es brutal. Es perverso. Es perfecto.

Oksanen heredó de Agota Kristoff una mirada violenta, una prosa capsular (frasecitas) y todos esos tintes para el pelo que la otra dejó sin abrir.

Mi amor por ella se expande.

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