Subir a por aire, de George Orwell

Pudo ser la gran novela de George Orwell pero se le inmiscuyeron gallinas y dictadores, en las novelas subsiguientes, pienso compuesto para universitarias con inquietudes y escritores referenciales. Rebelión en la Granja y 1984 dejaron para luego venerar Coming up for air, que era casi Camus y casi postmoderna, y que en 1939 nos daba el Orwell más social que político, esto es, más literatura que laboratorio.

Escribir sobre tipos gordos que odian a su mujer y viajan en coche al pueblo de la infancia es, precisamente, la literatura. Fabular a Stalin es, sin embargo, la historia de la literatura. Tanto lector que le gusta que le guste la literatura (CB) y tanto crítico que le gusta que le gusten sus propias reseñas, postergan de continuo estas obras menores, sutiles, humanas, circunstanciales, porque queda más propio sentirse leyendo las Sagradas Escrituras del Siglo, y no testimonios cotidianos del pan nuestro de cada día, endurecido.

Subir a por aire sólo se me asfixia en su segunda parte: tiene cuatro. En ella, los resabios de una novelística del narrar por narrar se nos vienen encima con 50 páginas de nostalgia repugnante, adoles que pescan y algunos olores extraviados. Es esta la literatura exterminable, extirpable, que aún en nuestros días encuentra practicantes y receptores, confundidos por la creencia -inmanente, o, por ser menos pedantes, gilipollas- de que como lector uno exige saber y no, como es de recibo, asistir.

El lector no tiene que saberlo todo; el lector tiene que asistir al pequeño pedazo de una vida.

Y del pan.

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