El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq

Es fundamental comprender que el capitalismo nos ama, y no dejarse arrastrar por cuatro putas que quieren, tan pronto, demolerlo. Cuidemos del capitalismo como él cuida de nosotros, por favor.

El mapa y el territorio, en primera instancia, constituye una experiencia de usuario satisfactoria. Como producto cultural, este libro me ha dicho que me quiere antes incluso de que su traducción al castellano existiera; los periódicos españoles, meses ha, anunciaban ya esta pasión que me merezco, este polvo por los suelos de la cultura, esta cita a ciegas con la felicidad. Premio Gouncourt. Aunque no sepamos qué es el premio Gouncourt presumimos que es francés, y eso da siempre en un estado de ánimo espléndido: no es español.

Premio Gouncourt. Michel mola. Te ama. Lo esperas.

La experiencia del consumidor empieza antes de poder ir a las tiendas; empieza necesitando las tiendas y cosas en las tiendas que antes no había; la necesidad no surge sola, porque con los años uno apenas necesita otra cosa aparte de que le chupen la polla, y una mesa de Ikea para el papel higiénico. Todo aquel que me crea una necesidad me saca de la rutina de que me chupen la polla todo el día.

Necesitábamos El mapa y el territorio, entonces. Y necesitar leer un libro es un placer tan grande que apenas encuentro vocablos para expresar más elocuentemente lo que me mola el capitalismo.

Porque he comprado el libro que había que comprar, y he leído el libro que había que leer, y me ha gustado el libro que a todo el mundo, Premio Gouncourt, le ha gustado, y ahora comparto con el Universo este recorrido por la satisfacción, esta paz de estar todos de acuerdo, esta justicia de win-win y partículas elementales.

Amén.

El mapa y el territorio nos presenta a un Houellebecq remansado, discreto, recreativo. Michel ha trazado una línea en el suelo de la provocación, y se ha puesto de puntillas a teclear sobre esa raya, y toda su novela es un delicadísimo juego de pies, donde la sexualidad, la pornografía, la prostitución, el machismo y el racismo los pone siempre el lector: Houellebecq da por hecho que nosotros damos por hecho, y ahí se deconstruye magistralmente hasta aparecer ante nuestros ojos como un viejo que vive solo y aburrido y en Irlanda, que espera que la luz del día acabe pronto para meterse en la cama con una botella de vino y un libro, que anhela dormirse y no estar en el mundo.

Un inocente, es, era, Houellebecq.

Todas las ganas de que en esta novela un protagonista le meta la polla en la boca a una mujer joven (con esas palabras) nos señala como culpables de una escritura que se ha propuesto darnos lo que queríamos hasta este momento, en el que Houellebecq ha bajado el telón del gran circo y ha alzado el telón de la realidad: el mundo no es escabroso, el mundo es aburrido.

No hay porno en mi ordenador (así, Michel): en mi ordenador no hay nada.

Houellebecq no ha escrito esta novela para decirnos esta gilipollez, sino para volver a decírnosla, porque en su obra pasada hay demasiado ruido de cuerpos que chocan y bocas que gimen y señoras que se indignan como para que los lectores se dieran cuenta de que en esos libros, cuando no follan, cuando no insultan, es cuando están pasando las cosas verdaderamente feas.

Todo el ser para la muerte encuentra en El mapa y el territorio su mejor y mayor expresión contemporánea, 2010 y sumando, y este libro seguirá siendo verdad cuando tantos escritores vean desmentidas las pretensiones irrisorias de su trascendencia.

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