Luz de noviembre, por la tarde; de Eduardo Laporte

Hay apenas un par de romanticismos restantes en los albores del siglo XXI: uno es querer follarse a January Jones; el otro es querer ser escritor.

Como ya os he explicado saciadamente en este blog no diré que mítico pero sí cómico (homoteleuton) uno no es escritor porque escriba ni porque se crea que lo es: uno es escritor porque otro uno lo publica. Ser escritor no tiene nada que ver con escribir: tiene que ver con el acto violento de hacer leer a los demás, de modo que uno que firma un libro que no ha escrito es más escritor que uno que escribe un libro que no ha publicado, porque el firmante de los libros se instituye en la figura social que al cabo viene siendo “un escritor”, ese rol interventor de a poquito en el sistema de consumo, ese ser humillado de escaparates donde no sale y suplementos donde, ya ves, tampoco.

Eduardo Laporte representa magníficamente el romanticismo casto de la escritura. Desde hace años vengo viendo su aureola de Goku en desarrollo, esa búsqueda tantas veces mezquina y tantas veces encomiable del puto editor; el puto editor es esquivo y poderoso y a punto está siempre de publicarte la novela, que te ha dicho que se la mandes, que te ha dicho que hay hueco, que te ha dicho porquerías; pues al final sólo le publican al hijo de puta de Alberto Olmos.

“No entienden que no se puede ser escritor de fin de semana, que esto no es coleccionar sellos o mariposas, montar maquetas ni coches teledirigidos y que la frustración es una enfermedad que mata en vida.”

Entonces Laporte, con este Luz de noviembre, por la tarde ha triunfado. Después de nadie sabrá nunca qué intentonas y desánimos, Demipage le saca este libro más o menos inaugural de su ISBN de autor y le permite cruzar la meta primera de una larga e insoportable carrera de metas, ni siquiera volantes.

Enhorabuena.

Dicho lo cuálo aquí tenemos nuevamente al escritor hablando de sus padres. El drama real del libro nos conecta con otro igualmente hospitalario y azul editado en el mismo sello: Diario del hombre pálido, de Juan Gracia Armendáriz, glosado ahí abajo hace los meses. También nos da este libro conexiones con la literatura del padre de un Philip Roth en Patrimonio, un Giralt Torrente en Tiempo de vida y demás.

Laporte escribe bien y hasta muy bien, bajo ese designio geográfico de que los nacidos en Navarra o Galicia escriben siempre bien y los nacidos en Cataluña pues no. Esta prosa, sosegada y algo artesana, no alcanza sin embargo la valía propia de “tener voz”, pero hay gusto en leerla.

Otra cosa, y ando de puntillas por la vida privada de un hombre, es el retrato familiar, que se me hace más standard que honesto; como en casi todos los libros -salvo Patrimonio-, el hijo que habla del padre y de la madre siempre viene siendo el buen hijo que habla bien del buen padre y de la buena madre, apenas hay nunca nadie que escriba sobre sus padres para afearles la férula y la papilla. Esto queda, por tanto, de rutinario recorrido de las familias consensuadas. Yo echo de menos la novela para oponerse al padre, pero no en plan hago que me opongo pero en el fondo nos queríamos; no, la novela contra el padre y contra la madre y contra sus putas presencias.

De eso, apenas hay.

Asina, considero, le pasa a este libro lo que le pasa al de Giralt Torrente, que proponiéndosenos de los padres va en verdad del hijo, cuya biografía y carácter no sólo es lo más hilvanado del texto sino lo único que despierta nuestro interés.

“No tengo fecha fija para deprimirme.”

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