La mano invisible, de Isaac Rosa

Sufría uno el runrún liminar de que la novela de Isaac Rosa era un puto coñazo: señores cortando filetes, señoras pasando la fregona, lectores pasando páginas de filetes y señoras, empantanados.

La novela de Isaac Rosa es muchas cosas pero no aburrida en especial. Aburrido es explicarlo.

Propone el autor retratar las jornadas laborales de la menestralía moderna, que a pesar de la fibra óptica y de todos esos muebles que arma uno por su cuenta en casa, sigue teniendo tarea. Cortar, construir, fregar, desmontar, chupar pollas: también hay puta en la novela, no todo iban a ser cotizantes.

Para presentar este catálogo de infelices (!) Isaac Rosa ha echado mano de una de esas ideas que sólo se le ocurrían a José Saramago, y que deslizan el relato por la rampa de la fábula: los trabajadores-personaje laboran simultáneamente a la vista de un público, y el producto de su trajín no se encadena con otros trajines hasta acabar en la mesa de un restaurante o en la carretera a Barcelona, sino que no va a ningún lado y eso era currar.

Parte uno de la premisa prejuiciosa de que hacer un libro sobre el obrero cuando el obrero no lee (nadie lee) y si leyera lo último que querría sería leerse a sí mismo en las fatigas, tiene un punto de sofisticación moral considerablemente complejo: ¿para quién escribe uno un libro como este? 

Si descartamos al obrero -y bien interesante sería saber qué saca en claro un carnicero de leer una novela donde se ve a un carnicero serlo- nos queda apenas un público lector de tontolabas, de progres, de universitarios mimados y de modernos realmente particulares. Ay. Leo, diría este lector listado, una novela sobre unos desgraciados, cuyas vidas no conozco, cuyos barrios no habito, cuyos problemas no me interesan y cuyas hermanas no me he tirado. Leo, diría, como leo novelas sobre los indios Sioux o las tribus de los negros, con esa misma curiosidad zoológica y ese mismo morbo de atisbar vidas mucho peores que la mía. Y leo para sentir piedad, ese placer burgués incomparable.

Y luego paso a otra cosa.

Porque, y seguimos perlongando la cuerda floja de una ética literaria, cuando el autor enfoca estas vidas y les aplica esa luz en concreto –siniestra– ya nos está diciendo que los carniceros y mecánicos y señoras de la limpieza son desgraciados; ya nos está confirmando desde fuera nuestro propio clasismo, obviando -aunque sea por rigor compositivo- la felicidad de los reponedores y las peluqueras y los mecánicos, que tantas veces no parecen precisamente las personas más tristes de nuestra sociedad, sino sólo las que queremos que figuren como tales.

La pregunta es, nuevamente, ésta: quien quiere leer este libro, ¿qué quiere leer exactamente? 

Quiere, en el grado ideal, leer literatura. Algunos, confundidos por el hecho de no haber trabajado nunca con las manos, querrán creer que la lectura va de otra cosa que de pasar el rato, querrán creer que su lectura -dios puto santo- AYUDA a los pobres desgraciados del extrarradio: en realidad sólo ayuda a tu puta conciencia, majo. Los pobres extrarradiales te dirían que, en lugar de gastarte el dinero en saber cómo es su jornada laboral, se lo dieras.

Majo.

20 euros.

Así las cosas, progres al margen, está el libro.

La mano invisible podría etiquetarse de novela social, y no quiero dejar de iluminar la ironía de que llevemos cuarenta años despreciando las novelas de la así escaldada Generación de la Berza (López Salinas o Antonio Ferres no han tenido ni que morirse para esperar a que los olviden) y ahora, porque las rayas de la bolsa apuntan hacia abajo, nos vengan con timbales en los periódicos a anunciar que Rosa, Gopegui, Olmos y cuatro más están inventando one thing called compromiso.

So funny!

Hagamos una pausa para las citas:

 “No me gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la ocasión de encontrarse a sí mismo.” El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

 “(…) el lunes todos llegaban al trabajo con una especie de dignidad, un cierto decoro. Entre ellos, los había muy jóvenes. Bebían y jugaban la noche del sábado. Incluso iban a Memphis de cuando en cuando. Y no obstante, el lunes por la mañana todos llegaban al trabajo silenciosamente, sobriamente, con trajes limpios y camisas limpias. Aguardaban el toque de sirena y se ponían tranquilamente a trabajar como si un resto de Sabbat flotase todavía, retrasado en el aire, como para subrayar el principio de que, sea lo que sea que un hombre haya podido hacer de su domingo, la única cosa decente que puede hacer el lunes es acudir a su trabajo tranquilo y limpio.” Luz de agosto, William Faulkner

La mano invisible discurre en un sólo espacio donde los personajes nunca llegan a preguntarse (o llamarse por) su nombre. Todos son, simplemente, el carnicero, el mecánico, el camarero, la telefonista. Esta inverosimitud la practica el autor para desbastar la compleja realidad hasta dejarla en el duro hueso reluciente del trabajo. Hay que asumir que la ausencia de nombre propio no es animalizadora, como podría pretenderse, sino que conecta con la narración oral donde, por ahorrarse palabras y estorbos, un personaje se define mejor por su trabajo que por su patronímico. Que alguien sea Genaro no nos dice nada; que alguien sea “médico” nos dice mucho y son las mismas letras.

La novela pretende impugnar a ojos vista la larga tradición moral que señala el puesto de trabajo como el puesto de la dignidad. La ratifican más arriba Faulkner y Conrad; también todos los curas. Y todos los padres. Decía Umbral que sólo los marqueses y los niños pueden practicar el ocio eterno sin resultar repugnantes. Un señor que no trabaja traiciona a la civilización.

En la obra se estima que trabajar cansa y se hace sólo por dinero: esta obviedad parece que no la conocen los artistas, que la tienen que escribir. Los intelectuales no, pero cualquier persona normal sabe desde el primer momento que está cambiando pedazos de su vida por pasta: esto daría para muchas reflexiones que ahora no voy a hacer.

Porque después de dos metros de post para eludir las lecturas imbéciles de la novela, llegamos al punto desalentadoramente real: la novela es buena literatura; mejor, sin ir más lejos, que la obra anterior de su autor, El país del miedo, donde la pretensión política del texto propiciaba una desatención de las exigencias sustantivas del relato, que parecía un guión de León de Aranoa escrito a toda prisa en el hotel Ritz.

A pesar de que, como Belén Gopegui, Rosa aniquila la mayor parte de la retórica y la musicalidad propias del artefacto literario (sin ir más lejos, la obra empieza con un pareado) su factura es la de un narrador de fondo, que se preocupa más del oleaje narrativo que de la espuma lírica de una frase subrayable.

Entre las felices características de La mano invisible está la de hacernos asistir al relato en lugar de hacernos saber el relato: esto último, tan propio del siglo XIX, donde de cada personaje sabíamos todas las cosas posibles, sigue siendo el gran infierno al que nos somete, con la aquiescencia de tanta lectora ancianita anquilosada, la literatura de nuestros días, relapsa de biografismo y cuántas ventanas tiene una casa. También se agradece en La mano invisible las proscripción absoluta de la referencialidad: esta losa literaria nos es más cercana, y consiste en llenar las páginas de títulos de canciones y nombres de actores y series de televisión y diseñadores de las cosas: si algo está más muerto aún que contar las ventanas que tiene una casa es listar todas las películas y canciones que ha visto/oído el personaje.

Actualiza la novela la necesaria pero sutil apelación en sus páginas a internet, los móviles, el arte contemporáneo, la televisión y los tertullianos; y sería genialmente postmoderna si la errata de la página 189 fuera intencionada: “todos comnten (sic) errores con más frecuencia…”, pero es dudoso que el siempre sobrio autor incurra en estas frivolidades.

La mano invisible es, por si alguien no lo ha pillado, la mejor novela de Isaac Rosa.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.