Tarde o temprano, de José Emilio Pacheco

Como soy un lector absolutamente genial, al rematar la lectura de las poesías completas del mexicano y premio Cervantes José Emilio Pacheco, me pregunté a dónde había llegado el poeta después de 800 páginas de versos y cincuenta años de trayectoria. Nada mejor para comprobar este punto que comparar el primer verso que figura en esos 800.000 versos con el último. Mírenme:

-primeros dos versos de J.E. Pacheco, escritos en 1958: “Sitiado entre dos noches / el día alza su espada de claridad.”

-último verso (en realidad, frase) de J.E. Pacheco, escrita en 2008 (aprox.): “Lo único de verdad nuestro es el día que comienza“.

¡No hemos llegado a ningún sitio, Pacheco! ¡Llevamos 50 años viendo amanecer y subiéndonos los pantalones! Esto: ¿es una muestra de obra coherente, es una muestra de obra recurrente, o es el día de la marmota metafórica?

Las poesías de Pacheco no están mal; comparadas con las de Idea Vilariño apetecen, que no es poco.

Empiezan, las completas, con el sol y las nubes. Esto de que los poetas se queden siempre atontados mirando las cosas más evidentes de canal National Geographic es difícil de interpretar. El sol. Las nubes. El río. ¿? Los poetas hacen poemas uno detrás de otro sobre que sale el sol o llueve, para decirnos que sale el sol y llueve y que la vida pasa. ¿?

Llegaron los 60 y supongo que también a México. Pacheco tuvo su momento moderno y escribe cosas del tipo “[las palabras] se hacen dóciles al carbono catorce“. También empezó a colocar los poemas al tresbolillo como William Carlos Williams o Kenneth Rexroth hasta que se dio cuenta de que no, de que lo suyo era Jorge Guillén, y voltió la cara hacia la poesía española definitivamente y con Premio al final.

Lo más interesante de todo el libro son las citas.

Pacheco, como tantos poetas, dedica a poco a cuatrocientas personas cada uno de sus libros; a cuatrocientas personas. Este poema a Pepe y este otro a Mari. Mírenme: aborrezco sobre todas las putas cosas que entendamos “el lector” como esa persona a la que no va dedicado el libro. Un lector que se siente rodeado de dedicatarios no puede no pensar: ¿y por qué te tengo que leer yo? Que te lean tus amigos, majo.

No es tan difícil de entender, por dios.

Yo creo que todas estas poesías son algo dubitativas y estéticamente erráticas y poco timbradas, y que para decirnos que “toda la carne es hierba” ya estuvo, sí, Isaías 40.6

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