La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén

Un joven peruano llega a España y, con excusa periodística, conoce a todos los prebostes literarios del momento, de los que consigue, al cabo, algún que otro elogio o ataque, lo que le lleva a exclarmar: ¡He triunfado!

¿2011?

No.

¿Años noventa?

No.

¿¿¿¿1960???

!!!No!!!

1920. Gran signo de admiración. El trepismo es más viejo que el premio Alfaguara de Novela. Y que el Nadal. Y que la democracia. El trepismo y las artes trepadadoras son la base de la industria española de la edición desde Rubén Darío.

La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén, “avecinda” un puñado anchuroso de interviús de época que, en conjunto, indican dos cosas como poco: que antes se escribía mucho mejor y que antes el mundillo literario era la misma mierda que ahora.

La técnica es como sigue: Alberto Guillén llega a una casa literata, saca la tarjeta de periodista cultural peruano, se le abre paso, se le sienta, se le sienta delante Juan Ramón Jiménez, Colombine, Pérez de Ayala, Joaquín Grau...todos, y hablan, y malmeten, y escuchimizan y luego Guillén se va a su casa o pensión y escribe el encuentro según le sale de los cojones, y así pintan todos de míseros y mezquinos.

Fue un libro escandaloso; y, ahora, es un libro sabroso y necesario; un documento para filólogos y estudiantes de letras y un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria.

Está todo tan bien escrito.

Parece que el precedente de este retratar a la fauna que escribe lo tenían entonces en el Charivari de Azorín; en rigor, sin embargo, ya Clarín con su Palique, y con textos como A 0`50 poeta, había establecido el patronaje atrabiliario de la “paliza” (que es como llamaban en los años 20 a una, pongamos, “reseña negativa” o “post envenenado”); la cosa hacia atrás podía extenderse mucho y llegar hasta los poemas que se dardeaban Góngora o Quevedo, y para alante habría que incluir el Españoles de tres mundos, de Juan Ramón Jiménez, el Diccionario de literatura española, de Francisco Umbral, y, finalmente, a mí.

Buena tropa.

Un ejemplo entre decenas. Joaquín Grau no es nadie para nosotros pero para aquellos ramones y Barojas era un imbécil. El ego de Grau alcanzaba a sentenciar cosas como esta: “Estamos Shakespeare, Esquilo y yo. No hay más”.

A Valle-Inclán todos le daban por acabado y cerámico, de prosas de porcelana que no iban a ningún sitio; y a Ramón Gómez de la Serna, se le tenía por un estrambótico atendedor de menudencias. Palacio Valdés se tenía en alta estima porque era “el más traducido de los autores vivos”. A Pardo Bazán todos se apresuran en estas entrevistas a calificarla de subnormal. Y condesa.

Guillén no llevaba grabadora porque aún no la habían inventado, por lo que creo yo que las entrevistas en realidad se las inventó él como quien se inventa la grabadora que no tuvo. Se nota esto en que todo el libro tiene el mismo estilo, que no es precisamente peruano, sino muy madriles y apotajado. El autor es muy infame y lo primero que hace con cada visitado es fotografiarle en verbo el físico y el ropaje, de lo que salen caricaturas animalizadoras y numerosas apreciaciones sobre si la gente se baña o es marica. Maricas hay muchos en este libro.

Alberto Guillén se va de putas. Se va de putas con el dinero que le dan por los libros que le dieron, dedicados. Esto lo dice Guillén el peruano y hay más valentía en decirlo, en escribirlo, que en haberlo hecho realmente, porque no provoca el que cuenta la verdad, sino el que miente en contra propia.

El vocabulario y la sintaxis de este libro son más ricos que todas las novelas españolas del catálogo que elija uno de cualquier editorial española en lo que va de 2011. “Luto en las uñas”, por uñas sucias, “abisontado”, “un momento hueco”, por un momento libre, “comadrería”, “posa en gélido”, “la vida es corta para músicas tan latas”, “réclame”.

Publicado en 2001 por Ave de paraíso, La linterna de Diógenes (de 1920) es lo más libre y radical y vivo que he leído en 2011.

10/10

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