La casa de la fuerza, de Angélica Liddell

La capacidad provocadora de Angélica Liddell proviene exclusivamente de una cosa: es políticamente correcta hasta el hartazgo. Considero provocadora a Liddell en la medida en la que me indigna lo políticamente correcta que es. A lo mejor ese es su éxito, que yo qué sé.

La casa de la fuerza es el texto de una obra suya, que ha publicado hace na La uña Rota segoviana. Esta editorial ya nos trajo el txt sin las vocales escénicas de Rodrigo García; y la diferencia entre La casa de la fuerza y cualquier cosa de Rodrigo García es sencillamente cósmica.

Empieza la obra con turulatos varios diciendo bobadas varias hasta que llega Liddell, con nombre propio, y nos dice cosas como: se siente sola, se siente vieja, no hay amor, nadie me quiere, no hay amor… Y lo hace con palabras no muy distintas a las que acabo de emplear y con profundidad en modo alguno mayor a la de una niñata cualquiera llorando en el té de la tarde a sus amigas sus amores contrariados, y su celulitis.

Luego todo esto se enhebra o funde con las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez porque sí. Comparar que estoy gorda con miles de mujeres muertas, y absorber además su legitimidad para alzar la voz y sentirse ebria de venganza, corresponde sin duda a sistemas de lógica que no se aplican en mi casa, donde cada uno tiene derecho a lo que tiene dolor, y no derecho en el dolor de los demás.

Luego hay un epílogo increíble donde el epiloguista habla sobre la tontería que acabamos de leer como si fuera Macbeth o Hamlet Machine: o seasé, se lo toma en serio. Y cita lo siguiente: “¡Ojalá tuviera 20 años menos! Me cago en la puta. ¡Ojalá tuviera 20 años menos!”, procedente de un momento de la obra.

¿En serio me tengo que tragar que eso es una “cita”, es decir, un extracto brillante o profundo o aforístico o relevante de una obra de arte literaria? ¿Una frase que oye uno en cualquier lado es una “cita” si la escribe Liddell?

Atroz todo.

3/10

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