Ritual en la oscuridad, de Colin Wilson

Quisiera ser la flecha, pero soy San Sebastián: escribía hace mil años Aurora Luque, poetisa. San Sebastián se nos hace a todos un poco mariconzón y un poco masoca, y un poco nena. El santoral es el álbum de cromos de nuestra sexualidad.

Ritual en la oscuridad es un novelón (6cienes de páginas) sobre sadismo y destripadores, gente que quiere ser escritor y gente que pinta niñitas desnudas, sin follárselas. Eso dicen. Dicen que destripan y que quieren ser escritores y que no, que no hurgan infancias. Londres, años 50. Cuidadín.

Cuidadín con Pepping Tom y la perversión inglesa, que empieza con una fusta y acaba en callejones viscerales, impune.

La novela va de Sorme y un amigo que se levanta en una exposición, y de todas las dudas que tiene Sorme sobre follar como un hombre, esto es, sobre follárselas a todas. Hay páginas y páginas llenas de diálogos y diálogos que sólo sirven al autor para contarnos lo que piensa él sobre follar. O sobre sexo. No se puede pensar sobre nada más interesante, y por eso la novela engancha; por eso y porque su línea argumental es pulpérrima, de alguien que anda por Londres matando putas a mazazos y a lo mejor es Sorme o su amigo o el pintor de las niñitas.

Es una excelente novela, de vigencia pavorosa, de decir y no de contar, pues el propio Colin vía Javier Calvo (epílogo, también traduce) afirmaba: “Ni toda la técnica del mundo puede ser nunca un sustitutivo del hecho de tener algo que decir“.

Wilson tenía algo que decir, y aunque luego se volvió tarumba, su novela dialoga con este 2011 como si acabara de ser impresa.

9/10.

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