Javier Mariño, de Gonzalo Torrente Ballester

“Este es Javier Mariño, un español fascista” (p88)

De la innecesariedad de que un mocito nos cuente la Guerra Civil española después de verla por la tele y ajustar fechas consultando la Wikipedia, nos habla largamente esa bibliografía sanguinolenta y tristísima que conforman títulos como Una isla en el mar rojo, de Wenceslao Fernández Flores, Madrid de corte a cheka, de Agustín de Foxá o, en el bando opuesto, Días de llamas, de Juan Iturralde, y El diario de Hamlet García, de  Paulino Massip. Esos son los libros que hay que leer.

Javier Mariño, de Torrente Ballester, que también hay que leerlo, juega con la camiseta azul y es cojonudamente fascista. La peripecia editorial de esta novela ya da para pensárselo: era cojonudamente fascista y fue prohibida en 1943. ¿No era lo suficientemente cojonudamente fascista o es que ser cojonudamente fascista no era suficiente para Franco? Veamos.

Javier Mariño, el personaje, es un gallego de 26 años que viaja a París por un par de meses para ver si se le olvida que es español, y que España intoxica. Es la España tóxica de 1936. Muy bien visto, Javier. A las dos semanas de andar de puterío parisino el país España entra en guerra consigo misma y de todo se entera Mariño por los periódicos, que son tan confusos y contradictorios y falaces como puede esperarse del oficio.  De luego, Javier se enzarza o enamora de una Magdalena comunista, tan comunista que parece sacada del 15M, pues en realidad es una pija burguesa con rentas mensuales y palacios esperando a que los habite.

“Puso en duda públicamente mi sinceridad revolucionaria, y cuando yo me defendía me avergonzó por la finura de mis manos. Ella exhibía las suyas, destrozadas en la fábrica, y no me valió decir que yo era estudiante, y no obrera.” (p.186)

La Magdalena contiende ideológicamente con Mariño, que se declara, ver ut supra, “fascista”, y oculta como puede su procedencia casi nobiliaria, pudor político que, a día de hoy, es avasalladoramente actual.

Su amor es imposible, sin embargo, no porque una comunista no se la pueda chupar a un fascista, sino porque ella, ay, no es virgen, y un español como Dios manda se desposa con doncellas sin desdoncellar.

“Pero estaba el honor. Magdalena no era virgen, y él era español.” (p276)

La prosa de Torrente es imponderable. De buena. De sobria. De española en plan bien.

Y la obra es imponderablemente jugosa y extrañamente joven, apenas arrugada por los reparos himénicos del protagonista y una que otra secuencia de alta burguesía tomando el té (aburrido último tercio del libro).

7,5/10

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