Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas

Follar y Fidel son los dos asuntos que ocupan las memorias de Reinaldo Arenas, un libro inobjetablemente excepcional.

Follar es más acusado en la primera mitad del libro, cuando se es joven e inconscientemente revolucionario, campesino e inope. El follar de Reinaldo, según él lo cuenta, incluye datos tan ofensivos para la prima de riesgo y la Bolsa como: que Reinaldo perdió la virginidad a los 8 años (pederasta de sí mismo) y: que Reinaldo hacia los 30 años se había “templado” ya a 5mil hombres. A lo mejor sólo fueron 500; pero sigue dejándote a ti a 0.

Lo Fidel es la política y, en rigor, la escritura. Toda la literatura de Reinaldo se hizo en contraposición a la dificultad de escribirla y publicarla, y de ser escritor. Quizá Reinaldo Arenas, así a ojo, es el escritor de la Historia que más ha sufrido por su literatura, sufrido de verdad, lo que deja tantas amarguras jovenzuelas de manuscrito rechazado en un pavoroso nivel de niñería y mentecatez. Reinaldo Arenas fue capaz de escribir sus libros hasta seis veces, no porque fuera tan inútil como un escritor español, sino porque se los robaban, rompían, quemaban o secuestraban, y tenía que inventárselos de nuevo. No sólo no tenía beca ni subvención, tampoco tenía adelanto, y lo que es más apasionado, ni siquiera llegaba a tener sus libros en las manos, para perdonarles las erratas.

Si Reinaldo dio su vida por la escritura, tenemos que cursilear la anécdota de que esa escritura pudo finalmente salvarle, cuando al pasar por fin la frontera y abandonar Cuba burló la lista negra retocando una vocal de su apellido en el pasaporte y proponiendo a la policía una i manuscrita y manumitida.

Luego llegó a Miami, y a USA, y al capital, y vio que todo era espantoso.

Luego cogió el SIDA, y antes de corromperse por sus pecados, pecó a lo grande con su suicidio precedido de nota de despedida. En esa nota no se acuerda de su madre o de su amante, sino que sólo nombra a Fidel Castro, culpable.

Todo el propósito de esta memoria, y seguramente de una vida -y finalmente del arte literario- lo apunta con precisión Arenas al afirmar que él no se considera de izquierda ni de derecha, que, textualmente, “yo digo mi verdad“.

Ese es el escritor: el que dice su verdad.

10/10

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