Los ensimismados, de Paul Viejo

Ahora que soy uno de los 18 críticos literarios más influyentes del mundo (o, al menos, de Europa y América Latina) según Winston Manrique (en Babelia) habrá que concederme un mérito mínimo: el de haber engañado a un montón de gente.

Después de cerrar un mesecito el blog, pero no de desactivarlo, pues abajo podéis ver varios post nuevos que escribí por mí y para mí y mi solaz absoluto, en prueba contundente de que no sólo no necesito que me paguen para ponerme a escribir sobre libros, sino que tampoco necesito que me lean, vuelvo on air sin lastre y sin archivo, en una nueva (otra) etapa de este blog fenomenal.

Borrón y cuenta nueva.

Me envían desde Páginas de Espuma el nuevo libro de Paul Viejo, polifacético hacedor de la cosa literaria. Lo de ahora son cuentos: Los ensimismados. El cuento en los últimos meses -hay que reconocérselo a sus suicidas practicantes- ha tenido un repunte primoroso con los relatos de Andrés Neuman (Hacerse el muerto) y los de Óscar Esquivias (Pampanitos verdes), y a ese repunte apreciable hemos de sumar ahora las piezas breves de Paul Viejo, que son, sobre todo, estimulantes.

La poética cabe la obra entronca con la metaficción y la metaliteratura, siendo el propio cuento la materia primordial de escribir el cuento. Esto lo deja claro Paul Viejo desde el principio, y, obviamente, mete su propio nombre dos o tres veces y apela al lector de continuo. La metaliteratura, en rigor, es uno de los caprichos más intolerables del hacer literario, una práctica para escritores burgueses y aburridos que enfrentan su tedio con la filigrana de la composición. Normalmente la metaliteratura es bastante prescindible.

Los cuentos de Paul Viejo se leen, o los leo yo con este prejuicio liminar, con creciente quorum favorable. Si el primero queda de virguería para nada, el segundo, titulado Robert y Geena (que, con Cada noche y Una mirada irlandesa son no sólo los mejores del libro sino, en algún caso, cuentos muy antologables), ya nos da una razón para metaliterar, y es que el mecanismo ficcional traza pasajes íntimos entre el autor y el lector, y los cuentos que concluyen felizmente (Una mirada irlandesa, sobre todo) nos emocionan por lo que tienen de concierto compartido de la pasión literaria. Y es ahí donde entendemos, quizá, la apreciación del propio Paul sobre la categoría de “autobiografía confusa” de su libro. Es más personal y más vívido de lo que parece, este catálogo de miniaturas.

Paul Viejo, además, escribe limpiamente y con especial acierto en el tropo sutil, que deja caer cada once líneas para no colmatarnos el paladar.

Todo bien, incluso rebién, salvo esa página final y fatal tan cara a nuestros cuentistas, en la que se incluyen doce o catorce nombres de personas que no tenemos por qué conocer, ni sus relaciones con los relatos entender, ni sus chistes privados compartir ni tan siquiera oír: qué pesados sois, de verdad.

7,5/10

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