El amor dura tres años, de Frederic Beigbeder

La etiqueta “literatura femenina” no señala aquellas novelas escritas por mujeres, sino aquellas novelas escritas por mujeres que además expectoran un concepto de la feminidad donde ser mujer consiste en subirse a una báscula por la mañana y salir de compras por la tarde, todo ello para cazar al tío bueno y millonario.

Se echaba de menos, para comprender la nula discriminación que “literatura femenina” supone para con las autoras, una “literatura masculina” de iguales perfiles imbéciles e idénticos planteamientos retardados.

Beigbeder nos la trajo hace casi una década: El amor dura tres años es exactamente lo que uno necesita para equilibrar la balanza de género donde pesamos la antiliteratura.

En esta balanza, el fiel no es otro que la distinción entre “lo doméstico” y “lo íntimo“. Lo doméstico nos habla de temas y preocupaciones personales que se ponen por escrito por motivos terapéuticos y que nunca rebasan su propio contorno intrascendente. Estoy gorda. Mi novia no me quiere. Se fue con otra. Se vino con otra. Doméstico. Lo íntimo, por el contrario, convoca incluso las mismas anécdotas rutinarias, pero su relato no se queda ahí, sino que parte de ahí para caminar hacia la médula espinal compartida del alma humana, haciendo sonar metales profundos en lugar de campanillas de tetería para señoras o de bareto de machotes.

La desvergüenza de una jeremiada como El amor dura tres años resulta casi inenarrable. Básicamente Frederic nos cuenta que lo dejó con su mujer y está triste y se mete ácidos y se va de putas caras (6.000 euros). El relato de estas desesperaciones parisinas de luxe se hace desde códigos propios de confidencia amical: el autor cree que los lectores tenemos interés en sus gilipolleces porque se lo debemos. El autor, en este caso, no entiende que a los lectores no les importa lo más mínimo que su padre haya muerto, su hijo haya muerto, su amor haya muerto o su perro haya desaparecido. El lector es egoísta y no acude a los libros a consolar a su autor, sino a ser remunerado con la experiencia del autor, bien retorizada y literaturizada hasta serle al lector de utilidad y disfrute.

La necedad del personaje (del autor) empieza por su propia exposición de lo que es “amor”. Habla de la mujer con la que ya no en términos como estos: “mi mujer (…) era de una luminosa belleza. Me pasaba horas mirándola.” Eso es todo lo que sabemos de Anne, su mujer. Eso explica, en definitiva, que todos estemos enamorados de Natalie Portman, aunque aún no nos la hayamos follado.

Sigue la necedad con afirmaciones tan campantes como la siguiente: “Nadie se plantea estas preguntas: ¿Estamos con la persona adecuada? ¿Hemos aprovechado la vida lo suficiente? ¿Deberíamos haber vivido de un modo distinto?” Efectivamente, NADIE se hace estas preguntas, sólo un tú, Frederic.

Lo único inteligente que dice FB en todo el libro es esto: “A partir del momento en que dejamos de decir: te voy a meter de todo menos prisa, zorra para decir: mi querido pinchoncito querida mimí osita mía hazme un ñiguiñigui, ha llegado el momento de apretar el botón de alarma.”

No cabe duda de que Frederic se cree un tipo muy interesante porque algunos días tiene que salir a la calle con paraguas o estirarse mucho para llegar a coger un bote del armario de la cocina; más discutible resulta sin embargo que sea tan necesario para nosotros recibir cumplida noticia de su fascinante vida.

1/10

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