Los Once, de Pierre Michon

Es habitual ver escritores pegados a una palabra, porque la usaron con acierto o le dieron brillos nuevos o concretaron en ella su poética y su tontá. Luis Rosales sucesivo, Pablo Neruda sucede, Lorca lunero, Alberto Olmos interné.

Y Pierre Michón, minúsculo. Yo lo pronuncio Michón, aumentativo contradictorio. Minúsculo. Lo minúsculo. El musculitos.

Es francés. Pierre. No va a ser polaco, claro. Es francés del refitoleo, no francés de suciaco a lo Celine o a lo Catherine Millet. Pierre Michón, en definitiva, es un fino.

Y, fino y minúsculo, musculitos, nos trajo el año pasado esta novela de 137 páginas acerca de los once Grandes Señores del Terror Revolucionario, pintados en un cuadro inexistente por un pintor ilocalizable para mayor gloria del trampantojo cultureta.

Está muy bien; es todo prosas perfumadas con convicción, frase interminable (el punto y coma, resurrecto) para concluir no sabe uno qué reflexiones sobre Francia o sus revueltos, sobre la Historia en general o sobre la pintura acrílica: ni idea.

A verlo:

“todas estas formas movedizas y vivas no tienen más sentido que ir a dar a la postre en un cuadro que las niega, las exalta, las golpea a mazazos, llora ese destrozo y de él disfruta de forma inmoderada, a través de once estaciones de carne, de once estaciones de paño, de seda, de fieltro, de once formas de hombre; todo eso no cobra sentido ni se pone en claro sino que en la página de tinieblas, Los Once.”

Escribe tan bonito que apenas significa, alcanzando esa suerte de cenit literario que supone embriagar al lector con la misma escritura, sin llevarle a otro sitio o a otro mundo que al de las propias palabras drogadictas, florales, venenosas.

La virgen vestal alza su puntaje:

8/10

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