Desorden y dolor precoz, de Thomas Mann

Como tantos otros sellos editoriales, Alba dispone de una colección de miniyós literarios a diez euros apenas; la cole se llama Alba Brevis y -como todas las colecciones de este tipo- vive de la limosna del autor -esa calderilla del talento- y de la limosna del lector -ese billete a mano tonta tantas veces salvador-. La literatura y la limosna, por fin, se dan la mano.

La calderilla que comento es de Thomas Mann, una especie de Foster Wallace teutón y melancólico o de Goethe F5 o de, en definitiva, escritor de verdad. Los escritores de verdad hacen novelas de 600 páginas con muchos personajes y mucho espíritu de su tiempo. Normalmente no los lee nadie.

Desorden y dolor precoz tiene algo de Los muertos, de James Joyce, y de esas novelas menstruales de Stefan Zweig. Mann pone su gran estilo de los cojones a trabajar sobre la anécdota de una familia venida a menos (“proletarios de mansión”) cuyo patriarca deja a la chiquillada armar una fiesta en casa mientras él se da un paseo rutinario por las calles de la atonía. Todo el fraseo esplendoroso queda un poco de cañonazo contra el humo de un cigarrillo o de Juegos Olímpicos organizados en Lepe; pero agrada en su intrascendencia y no le hace mal a nadie, el dispendio.

Todo el desorden y el dolor precoz parecen venir justificados porque una hija de Cornelius se acaba de dar cuenta de lo que tiene entre las piernas, tan vacío, y de que hay uno que otro amigo de su hermano que podría achicar ese espacio con la polla: esto lo dice Thomas Mann de modos más finos y elusivos.

Y eso es todo, ni más luz ni más montañas; esto era.

6,5/10

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