Los reinos de la casualidad, de Carlos Marzal

Lo casual y lo algebraico tensan la cuerda del arte: hoy os traigo un montón de gilipolleces.

Ser escritor es ser mejor que el resto de los mortales porque escribir no es un trabajo, salvo si se hace novela negra y se tienen 100mil lectores demandando el producto. Sin demanda ancha, la literatura es poco menos que un capricho o un hobby, más cercano a la ebanistería padre de los sábados que a los lunes en el tajo.

O sea sé, hay mucho de inspiración, de coña, de milagro menestral (esto quiere decir que, tantas veces, las grandes obras salen de carambola).

Sin embargo, algo hay que ponerle de sentido, de lógica; para eso están los renglones y las sangrías, todo el aparataje tipográfico; y también hay que ponerle un poco de matemática, arquitectónica, musical.

Normalmente una novela dividida en seis partes no funciona. Las novelas no deben ir divididas en seis partes (os lo digo yo, que ya avisé que iba a decir muchas gilipolleces); las novelas de toda la vida de dios se dividen en tres partes y, si se es ambicioso, en siete o nueve. Nunca en seis; nunca en cuatro; nunca en dos. Lo par en la estructura narrativa de la novela es -casi siempre, venga- fallido. ¿Por qué? Ni idea: no es culpa mía que los números sean diabólicos.

Los reinos de la casualidad, por índice, ya avisa que vienen seis partes, y por paginado del índice, ya avisa que cuatro o cinco partes tienen 40 o 80 páginas y una o dos 500. No parece atinado dividir en partes una novela y que unas partes queden más imperiales que otras; tampoco -y son más gilipolleces- es lo suyo titular una de las partes como la novela toda, y que esa parte sea la primera que leemos. Esto se ve más en su sitio en las novelas de tres partes: si se titula alguna como el libro todo (Soldados de Salamina, Los detectives salvajes, El talento de los demás) tiene que ser la segunda: no tan cerca del comienzo que el lector piense que ya se le ha contado lo que se le quería contar,

ni tan hacia el final que el lector se impaciente porque Los detectives salvajes no llegan, ni el talento. Si uno divide en seis partes ya está poniéndose en tesituras titulares complejas: no hay centro en el 6: pongas donde pongas el título del volumen, queda torcido.

Marzal llama a sus partes “círculos”, como Dante, pero Dante nos narró 9 círculos, amigos.

La cosa numérica -por decirlo ya todo- tiene aún más delito en las novelas con capítulos numerados. Una novela que suma secuencias numeradas una tras otra, decena tras decena, y acaba en un poner -y habrá excepciones, pero pocas- en el capítulo 67 no puede ser muy buena. O en el capítulo 51. O en el capítulo 47. Creo que esto pasaba, for example, en La deuda, de Rafael Gumucio. La novela como que acababa en el capítulo 39 o así. Eso nos habla de improvisación intolerable, de poco plan y pésimo circo, de falta de música (se escribe al compás, amores).

Dicho esto, Los reinos de la casualidad es una novela larguísima, que obviamente no he leído entera. Por eso mismo. Escribir tochos es admirable, necesario, pero arriesgado. Uno no se la pasa leyendo un libro de mil páginas si las 50 primeras no te engatusan la semana, la rutina; si no constituyen un plano de lo real en tu mundo. También hay que entender que uno que escribe novelas de mil páginas está siendo muy soberbio, y que le medimos la literatura con la vara reservada para los grandes.

Dice la solapa tusquética que la prosa aquí es a lo Nabokov: discrepo infinito, amores. La prosa es morosa y nada táctil: no hay objetos apenas, y donde Vladimiro se la entretenía metáfora a metáfora para describir los bajos iluminados de una puerta, aquí nos engolosinamos con la sentencia sentimental y las vueltas y revueltas a cosas que importan poco, para el relato, y no digamos para nuestra vida.

Después de leídas 60 páginas apenas ha pasado nada, lo que no sería gran problema si lo poco que ha pasado no viniera inflado (levadura literaria) con el único motivo de hacer un novelón, el panetone narrativo.

Otra cosa -para acabar de enrabietar- es que creo que no empatizo con los sujetos personajes protagónicos porque son todo éxito, engolamiento, satisfacción de sí, lo que, desde luego, no viene siendo lo que caracteriza a los grandes personajes de la literatura, que son personajes que entendemos en su miseria, su dolor o su frustración, y no en su vanidoso entusiasmo.

Ya veis.

6/10

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.