El pabellón número 6, de Anton Chéjov

Una de las pocas veces que Chéjov no nos habló de infidelidad nos habló de locura. La obsesión masculina decimonónica por la infidelidad de las señoras muestra cómo han cambiado los tiempos: anda y que follen con quien quieran.

Todo era inocencia. De eso va a ir este post. No se puede comparar a un escritor de hoy con Chéjov no porque Chéjov sea muy bueno y el nuestro un subnormal: seguramente Chéjov también era un subnormal. No se puede comparar porque Chéjov podía permitirse la inocencia.

Chequea esta frase: “Sólo la inteligencia tiene interés y es digna de considerarse, pues todo lo demás es nimio y bajo.” Simplemente estas palabras no pueden escribirse -y menos proponerse como gran literatura- después de la invención de la batidora, los talk-shows y los tapones de plástico para el vino. Estamos de vuelta de la “inteligencia”, queremos plástico; queremos basura; queremos follarnos a las niñas. ¿De qué cojones habla este tipo ruso?

Se lo perdonamos deícticamente, en la medida en la que era ruso y pasaban por su casa muchas rusas abrigadas. Sólo la deixis hace valer el arte primitivo. Mi madre te pinta las cuevas de Altamira con las sobras del cocido, por favor.

Luego la historia -tópico desfalleciente del loquero que acaba en loco- está bien y todo eso. Como relato para universitarios, está bien. Los rusos gustan mucho en la universidad, porque los unis aún tienen una poca de inocencia, asimismo.

En el cuento, lo más fondón son las ideas, que, como es normal en los rusos de aquel tiempo, vienen indicadas en los diálogos. Se piensa mucho en lo que hablan los personajes. Parlamentos de 24 líneas sobre el ser y el no ser, el estoicismo ante las desgracias de la vida y la arbitrariedad de ponerle fronteras a la vesania. Estamos todos locos, dice Chéjov, con lucidez apenas vista unas, no sé, mil veces.

Rusos.

8/10

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