Juego de tronos, de George RR Martin

Tenía uno ganas de comprobar cómo era por escrito la serie Juego de tronos, si había tantas tetas y tantos enanos, tantas bañeras desbordadas por tantas tetas y tantos enanos, tantas reinas a cuatro patas con la polla del hermano en el coño; tantas princesas violadas; tantas niñas jugando con espadas.

También era la idea ver qué lee la plebe, esos putos idiotas que no rezan cada mañana a Walter Benjamin, ni mucho menos a sus replicantes menores, ejército de bufones con un epígrafe afilado siempre en el cinto, de Adorno.

Esta saga de novelas la inició RR en 1995, con Juego de tronos. Es un libro de 800 páginas, 800 personajes y un Muro. La imaginería medieval es muy cumplidita y pintona: esos juramentos y jerarquías, esos animales misteriosos, el arma viril del acero, las putas y el vino indolentes, magias variadas, todo ello da siempre en un relato entretenido, opiáceo, sin actualidad.

Leer Juego de tronos tras haber visto la serie te facilita la comprensión de la trama, el reconocimiento de los  personajes -a los que pones cara y, claro, tetas-, y alivia del impacto ininteligible de su geografía, que es inventada y coñazo, porque no vive esta gente en Alcorcón ni en Texas, sino en un trozo de tierra que se le ha ocurrido a un señor.

Así, con la bobina narrativa ya desenrollada en la cabeza, el libro pende de sus palabras, porque siempre puede uno volver a verse la serie en lugar de revisitar sus planos, esa literatura ancilar, campo de pruebas para una historia que luego va a dar mucha pasta.

El libro aguanta, y es que el libro es muy bueno. Sus tramas vienen todas de Shakespeare, de sus piezas palatinas, monárquicas, aunque ya dispuestas para que salgan diez capítulos en la primera temporada en la tele: la adaptación es minuciosa, cualquier frase brillante de la serie está ya en la novela, cualquier giro argumental: lo único que han hecho en la tele es poner dos escenas sucias por capítulo, de enanos con putas, de putas con putas, de maricones. El abanico combinatorio del folleteo lo dominan bien en HBO.

A pesar de la descarada repetición de algunos clichés propios (que nos indican que el autor escribe artesanalmente, de ocho a cinco, para cumplir su propio plan peliculero), como puede verse en estas acotaciones clónicas: “Sansa tuvo la decencia de sonrojarse” (p80), “Joffrey tuvo la decencia de sonrojarse” (p96), “Robert tuvo la honradez de sobresaltarse” (p121), es innegable que su estilo -de la sintaxis ni hablemos: toda planita- viene con un vocabulario adecuado, incluso frondoso, y que se demora enormemennte en la descripción arquitectónica y paisajística, y fisionómica, no siendo en modo alguno una novela de lectura facilona; tampoco es Musil, claro.

Las páginas 89 a 94 son brillantes, en su retardamiento inteligente de las cosas que van a suceder, y que el autor sabe sorprendentes y, por tanto, dignas de hacerse esperar. Este tramo del texto lo hubiera firmado Chejov (pp 77-79 de Enemigos, DeBolsillo, 2009: retardamiento).

RR no es basura; basura es Beigbeder.

La serie, por otro lado, no es The Wire; es, sí, puro entretenimiento, pero un entretenimiento que hace del machismo la mayor de las orgías. Para ser machista no hay que abrirse un blog, sino crear una serie ambientada en el Medievo: ahí puedes fulanear la feminidad a manos llenas, que ninguna feminista ni congresista ni diputada ni observadora se va a quejar, porque además tienes varios millones de aficionados a tu machismo de tu parte, que también votan. En Juego de tronos (TV) ser mujer es ser puta, salvo una vieja que sale. Ese es el éxito de la serie. Por eso la estamos viendo.

8/10

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