El mundo, de Juan José Millás

No entiendo muy bien cómo esta novela cumplió con el paripé consabido del premio Planeta, esa emoción pseudónima, o sea; esos nervios, ese sobre que se abre y, coño, es Millás.

No lo entiendo porque la novela toda, desde la página uno a la página última, va de Millás y de sus novelas, que se citan profusamente en el texto. El nombre del autor, completo, sale también, al cabo.

El jurado debió de pasarlo mal: oyes, esta novela protagonizada por Juan José Millas, ¿será de Millás?

Lo era.

Luego la novela ganó el premio Nacional de Narrativa, que es un premio que se concede cada año a un vasco, o a un libro que no narre nada. La narrativa española está tan muerta que, para chincharla, suelen premiar ensayos o memorias. Lo de Millás son memorias.

Estamos en Valencia un rato, y luego un largo rato otro en Madrid, la Prospe. Millás nos cuenta su vida. El protagonista, por tanto, es Yo.

Hacer de Yo un protagonista (a diferencia de hacer del yo un protagonista) conviene, más que nada, por ahorrar. Palabras. Páginas. Talento. Uno firma Yo (que no dice Yo) y ya no tiene que construir al personaje, sino sólo linkear la wikipedia, por si hay dudas. El Yo existe en esa web, y en la solapa del libro, y en algunos diarios, y lo que se cuenta de él o lo que él cuenta es verdad siempre y a pesar y en detrimento de la literatura. No hay ficción, por lo tanto, no hay retórica de la ficción; esto es, engatusamiento del lector.

Novela y memoria se diferencian como la carta de amor del telegrama: los telegramas no nos seducen. Nos los envían (o enviaban) conocidos, y eran aceptados, hasta acatados.

Este libro, por tanto, es un libro sin seducción, para aceptar o acatar, de Juan José Millás a sus lectores, pero no de Juan José Millás para el lector -al que yo universalmente represento-, lector que al Yo le pone muchas pegas, de megalomanía, de intimidad sonrojante, de solipsismo.

Normal que la cosa se llame El mundo.

6/10

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