El laberito mágico III, de Max Aub

Poner a danzar todo el diccionario parece haber sido uno de los empeños de Max Aub al redactar Campo de sangre, un libro como que no.

Esta vuelta al léxico más retorcido puentea sospechosamente la fluencia remansada que encontrábamos en Campo abierto, como si -y es la impresión inmediata- Campo de sangre fuera consecutivo de Campo cerrado y no de Campo abierto.

El misterio -el de cómo uno da tumbos con su talento- se resuelve del todo al mirar la fecha de composición de Campo de sangre: 1938-1940. Os recuerdo -a quién cojones le importará- que Campo cerrado era de 1938 y Campo abierto de 1948-1950. Esto es, al tiempo no lo engañas con unos palitroques (I, II, III y sucesivos).

La cosa insufrible del estilo de Max Aub, pensaba en mi genialidad, no está tanto en que quiera apretar todo el diccionario en su novela, vuelta de pronto otro diccionario, pero en marcha, sino en que su estilo parece un derivado de Quevedo excipiente de Torres Villarroel excrecencia del de un hortera de Sigüenza que hacía sonetos: vamos, que no.

Esto es como la novela esa inasumible de Enrique Larreta, La gloria de don Ramiro, que los que la hemos leído sabemos de los poderosos traumas que trae su sola mención.

En lo otro, lo que no es estilarse, Campo de sangre también flaquea catastróficamente: hay mucho más semen que sangre, y muchas más “putas” que semen; las putas, me parece a mí, son la historia bajo la Historia que nos narra Max, porque llevo ya III volúmenes y no se para aquí de putiar. Al tema quilómbico acompañan unas reflexiones sobre hombres y mujeres, que unidas a unas reflexiones sobre ser español y España, y hasta a unas sobre la cocina de cada puto punto de la geografía española, hacen de centenares de páginas de esta novela una cosa para no dejar al alcance de los niños: qué puto coñazo.

Luego hay un montón de fechas para los lances que, siendo estos ficcionales e intercambiables en los calendarios, no sirven, aquellas, para nada en lo absoluto.

Muy mal, Max.

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