El laberinto mágico VI, de Max Aub

Campo de los almendros, 1968, sexto y último círculo infernal de ese obsesivo ciclo campal, campestre, campanudo y campechano llamado El labertino mágico es, a qué negarlo, el mejor.

Nuevamente, las fechas importan más que nada: 1968. Han pasado más de 25 años desde el final de la Guerra Civil, y aunque Max Aub sigue vivo para seguir recordando, Franco también sigue vivo para seguir riéndose de la literatura. Esta colisión entre la ilusa pretensión del arte de hacer justicia así sea en el papel y la realidad dictatorial y redondita de Bahamonde dan en un chispazo enternecedor y lacrimógeno que tiene como silueta a Max Aub, el hombre.

Porque este hombre se puso a vivir en México dejándose un ratazo cada tarde para la heroicidad de juntar unas palabras. Después de un millón de palabras para un millón de muertos, va el resumen: “Aquí, miles de páginas y personas. ¿De qué sirven?”

El drama de Max Aub se intuye psicótico -lo dice uno con Amor-; porque escribiendo en 1968 (más o menos) este Campo de los almendros, y situándolo exclusivamente en los días que corren al desagüe del 1 de abril de 1939 y a esa pieza imprescindible de nuestra literatura (“Cautivo y desarmado…”), e incluyendo lo que Max llama “Páginas azules“, que son unas crudelísimas reflexión y claudicación literarias a fecha de 1968, el autor, señor Aub, no inmiscuye en todo el libro, de 700 páginas, ni un solo apunte o pespunte o alzado mínimo de las cosas que pasaron desde 1939 hasta el momento en el que él está escribiendo (1968, repito), cosas como Franco, Franco y más Franco, y el 600 y Fraga, y, en fin, la España de después; como si ese escribir la derrota y empozarse en la derrota y lamentar la derrota fuera, en realidad, un modo de no asumirla, de autoengañarse, de preferir la herida abierta a la fea cicatriz. Max Aub escribió un millón de palabras para quedarse con el millón de muertos y para que las leyeran, de hecho, ese millón de muertos, porque los vivos son descorteses ya sólo con respirar y subirse a automóviles inmediatos.

Me duele físicamente ser vencido.

Por tanto, Max Aub no se empeñó en narrar la Guerra Civil para que quedara documentada, para salvar su verdad o una verdad, unos hechos, unas desgracias, y que en el futuro democrático sirviera esto para recomponer los libros de historia; no. Lo hizo para detener privadamente la historia de España y, aún sangrando, continuar en el ring, como si la derrota de los “rojos” no hubiera alcanzado aún ese knock out que hace que se apaguen las luces y las sillas queden vacías, cosa que es mucho más triste que ver a un tipo apretando los dientes contra la lona.

Esta es una novela, son unas novelas, sin destinatario, porque Aub las escribió como si luego de la Guerra Civil no hubiera habido nada, y el mundo y la Literatura se hubieran quedado detenidos en un gesto de abismamiento; y es ese gesto, esa caída infinita, ese dolor de ser vencido, el que quiere fotografiar Max Aub para sí mismo mayormente, como si pudiera una derrota dilatar su dignidad por siempre.

¿De qué le sirven a Max Aub miles de páginas y personas? Es esa pregunta la que habilita estas novelas.

Tristísimo.

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2 respuestas a El laberinto mágico VI, de Max Aub

  1. Las nalgas de Isabella Rossellini dijo:

    Excepcional reseña, llena de lucidez. Pero quiero imágenes de zorritas puteando o borro la página de mis favoritos.

  2. Hola Juan:

    yo de Aub leí, hace años ya, “La calle de Valverde”, que describía el Madrid de la década del 20, y después, al comparar esta lectura, con los libros de los 40, 50, 60 en España era sorprenderte percatarte de que lo escrito aquí, o las personas que se describían, eran más modernas en esa década del 20 que después.

    Interesante lectura de Aub; la verdad es que me apetecen este tipo de libros, o los de Barea o J. Sender sobre el tema, más que las reconstrucciones del tema desde el ahora y de gente que no estuvo allí.

    Saludos
    David

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